Historia Moderna de Israel

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miércoles, 13 de junio de 2018

En la popa hay un cuerpo reclinado


[Cuento - Texto completo.]
René Marqués

Son of man,
You can not say or guess, for you know only
A heap of broken images, where the sun beats.
T. S. Eliot (The waste land)

A pesar del sol inmisericorde, los ojos se mantenían muy abiertos. Las pupilas, ahora, con esta luz filosa, adquirían una transparencia de miel. La nariz, proyectada al cielo, y el cuello en tensión, parecían modelados en cera: ese blanco cremoso de la cera, esa luminosidad mate del panal convertido en cirio. Lástima que el collar de seda roja ciñera la piel tan prietamente. Lucía bien el rojo sobre el blanco cremoso de la piel. Pero daba una inquietante sensación de incomodidad, de zozobra casi.
El cuerpo desnudo estaba reclinado suave, casi graciosamente, en la popa del bote. Desnudo no. Los senos, un poco caídos por la posición del torso, lograban a medias ocultarse tras la pieza superior de la trusa azul.
Remaba lenta, rítmicamente. No le acuciaba prisa alguna. No sentía fatiga. El tiempo estaba allí inmovilizado, tercamente inmóvil, obstinándose en ignorar su destino de eternidad. Pero el bote avanzaba. Avanzaba ingrávido, como si no existiese el peso del cuerpo semidesnudo reclinado suave, casi graciosamente, sobre la popa…
El bote pesa menos que el sentido de mi vida junto a ti. Y los remos trasmitían la levedad del peso a sus manos. Sus músculos, en la flexión rítmica, apenas si formaban relieve en los bíceps; meras cañas de bambú, apenas nudosos, sin la forma envidiada de otros brazos, a pesar de las vitaminas que en el anuncio del diario garantizaban la posesión de un cuerpo de Atlas, de atleta al menos.
Observó su propio pecho hundido. Debo hacer ejercicio. Es una vergüenza. La franja estrecha de vellos negros separando apenas las tetillas. Dejaré de fumar el mes próximo. Me estoy matando. No sentía el sol encendido en su espalda. Quizás por la brisa. Era una brisa acariciante, suave, fresca, como si en vez de salitre trajera humedad de hoja de plátano orocío de helechos. Resultaba extraño. Ninguna de sus sensaciones correspondía a la realidad inmediata. Pero el bote avanzaba. Y su propio vientre escuálido formaba arrugas más arriba del pantaloncito de lana. Y abajo, entre sus piernas, el bulto exagerado a pesar de lo tenso del elástico.

Porque hay un absurdo cruel en el sentido equilibrio de ese alguien responsable de todo; que no es equilibrio, que no tiene en verdad sentido, que no es igual a mantener el bote a flote con dos cuerpos, ni hacer que el mundo gire sobre un eje imaginario, porque estar aquí no lo he pedido yo, del mismo modo que nunca pedí nada. Pero exigen, piden, demandan, de mí, de mí sólo. Eres tan niño. Y tienes ya cosas de hombre. Y no supe si lo decía porque escribía a escondidas o por lo otro. Pero no debió decirlo. Porque una madre haría bien en estrujar cuidadosamente las palabras en su corazón antes de darles calor en sus labios. Y nunca se sabe. Aunque por saberlo acepté ir con Luis a la casa de balcón en ruinas donde vivía la vieja Leoncia con las nueve muchachas. Y comprobaron todas que sí, que yo tenía cosas de hombre, y gozaron mucho, sobre todo la bajita de muslos duros y mirada blanda como de níspero. Pero fíjate que eso no es ser hombre. Porque ser hombre es tener uno sentido propio. Y ella lo tenía por mí: No te cases joven, hijito. Y el sentido no estaba en el amor. Porque el amor estaba siempre en una muchacha negra, o mulata, o pobre o generosa en demasía con su propia cuerpo. Y no era ése el sentido que ella tenía para mí, sino una blanca y bien nacida. Y tampoco era en escribir: Deja esas tonterías, hijito, sino en una profesión, la que fuese, que no podía ser otra sino la de maestro, porque no siempre hay medios de estudiar lo que más se anhela. Y murió al llevarle yo el diploma, no sé si de gusto, aunque el doctor aseguró que era sólo de angina. Pero de todos modos murió. Y yo creí que al fin mi vida tendría un sentido. Pero no se puede llenar una vida vacía de sentido como se ahita una almohada con guano, o con plumas de ganso, o con plumas más suaves de cisne. Porque ya yo era maestro. Y no pasaría necesidades, teniendo una carrera, como había asegurado ella, ni escribiría jamás. Y te conocía a ti que prometías dar amor a mi vida, suavidad a mi vida, como pluma de cisne. Y me casé contigo que entonces tenías los pechitos erguidos y eras de buena cuna, y creí que sería hombre de provecho porque no fui más a la casa vieja de balcón en ruinas (a Leoncia sólo la vi luego cargando el Sepulcro, los Viernes Santos, en la procesión de las cuatro), y me dediqué a trabajar como lo hacen los mansos y a quererte como el que tiene hambre vieja de amor, que eso tenía yo, porque no hay ser que viva con menos amor que el hijo de una madre que dirige con sus manos duras el destino, y es esclava de su hijo. Y esa hambre de amor que yo tenía desde chiquito y que no saciaban las muchachas de la casa vieja (eran nueve las muchachas) estaba en mí para que tú la saciaras, y por eso no escribí ya más, y todo ello para que estés ahora ahí, quieta, en la popa del bote, como si no oyeras ni sintieras nada, como si no supieras que estoy aquí, gobernando la nave, yo, por vez primera, hacia el rumbo que escoja, sin consultar a nadie, ni siquiera a ti, ni a mi madre porque está muerta, ni a la principal de esa escuela donde dicen que soy maestro (“mister”, “mister”, usted es lindo y me gusta y el mundo se está cayendo), ni a la senadora que demanda que yo vote por ella, ni a la alcaldesa que pide que yo mantenga su ciudad limpia, ni a la farmacéutica que exige que yo, precisamente yo, le pague la cuenta atrasada, sonriendo, como sonríen los seres que tienen siempre la vida o la muerte en sus manos, ni a la doctora que atendió al nene, ni a todas las que exigen, y obligan, y piden, y sonríen, y dejan a uno vacío, sin saber que ya otra había vaciado de sentido, desde el principio, al hombre que no pidió estar aquí, ni exigió nunca nada; a nadie, ¿entiendes?, a nadie.

¿Por qué se afinaba tanto la costa? La copa de los cocoteros se fundía ya con las tunas y las uvas playeras. Era una pincelada verde, alargada, como una ceja que alguien depilara sobre el párpado semicerrado de la arena. El mar parece azul desde la costa, pero es verde aquí, sólo verde. ¿No había una realidad que fuese inmutable sin importar la distancia?
Cada remo hacía chas al hundirse en el agua y luego un glú-glú rápido. Y a pesar de ser dos los remos, el sonido era simultáneo, como si fuese uno. El cuerpo en la popa seguía ejerciendo una fascinación indescriptible. No era que los senos parecieran un poco caídos. Eso sin duda se debía a la posición de ella frente a él. Pero el vientre no era tan terso como la noche de bodas.
-No, así no quiero. Los hijos deforman el cuerpo.
Precisamente allí, donde la pieza inferior de la trusa azul bordeaba la carne tan apretadamente, se había deformado el vientre.
-Ay, mi pobre cuerpo. Por tu culpa.
Y había crecido ahí, precisamente ahí, en el lugar que había sido terso y que él besara con la pasión de una luna perdida en la búsqueda inútil de su noche. Hasta que no pudo crecer más y rompió la fuente de sangre y gritos.
-Es un niño.
¡Qué débil y frágil es! Como son siempre los niños. Aunque la fragilidad de la embarcación no le impedía llevar el peso de los dos cuerpos rasgando el verde desasogado del mar. El sol de nadie tenía piedad. Y él remaba sin prisa, el infinito a su espalda. ¡Es tan frágil la infancia! Tan frágil un cuerpo reclinado suave, casi graciosamente, sobre la popa del bote.
Ahora no sentía el cansancio de las noches y las mañanas.
-El nene está llorando.
-Levántate tú. Yo estoy cansada.
Remaba rítmicamente, sin esfuerzo casi, sin fatiga, la brisa salpicando de espuma el interior del bote.
-Por mí, querido, un televisor.
-No sé si pueda. Este mes…
-La vida no tiene sentido sin televisor.
La vida no tenía sentido, pero el sol evaporaba rápidamente las gotas tenues de mar sobre la piel de ella.
-Mañana vence el plazo de la lavadora eléctrica.
Cada remo hacía chas al hundirse en el agua y luego un glu-glú rápido, huidizo. Pero lento, angustioso, enloquecedor, saliendo de la incisión en la garganta del nene por el tubo de goma con olor a desinfectante.
-Si se obstruye el tubo, muere el niño. (El niño mío, quería decir ella, el niño que era mi hijo.)
Café negro y bencedrina. Aléjate, sueño, aléjate. Limpiar el tubo, mantener el tubo sin obstrucciones. Glu-glú, al unísono, los remos saliendo del agua. Glu-glú, el reloj de esfera negra, sobre la mesa de noche.
-Papi, mami está llorando porque se le quemó el arroz. (Ay, se le quemó el arroz. Otra vez se le quemó el arroz.)
Glu-glú, y la espuma del tubo, que era preciso limpiar. Cuidadosamente. Cuidadosamente, con el pedazo de gasa desinfectada.
-Papi, cuando yo sea grande, ¿me casaré también?
Café negro y bencedrina. ¿Por qué los remos empezaban de súbito a sentirse pesados y recios bajo sus manos? Café negro
-No puedo más. Quédate tú ahora con el nene.
-Yo no. Los nervios me matan Soy sólo una débil mujer.
Glu-glú. Glu-glú. Minuto a minuto. Glu-glú, en el reloj de la mesa. Glu-glú, en la punta de los remos. Glu-glú, en los párpados pesados de sueño. Glu-glú. Glu-glú. Glu…
-Otra vez tarde. Y ayer faltó usted a clase.
-Ayer enterré a mi hijito.
Ya la tierra no se veía. Ya el horizonte era idéntico a su izquierda o a su derecha, frente a sí, o a sus espaldas. Ya era sólo un bote en el desasosiego del mar. Y ahora que era sólo eso, ahora que no importaban los límites ni los horizontes, los remos empezaban a perder su ritmo lento para moverse a golpes secos, febriles, irregulares.
-Este vecindario se ha vuelto un infierno.
-Era bueno cuando nos mudamos.
-Hay algo que se llama el tiempo, querido. Y que pasa. Pero nosotros…

Nosotros somos una pareja de tantas, porque el marido es maestro y la mujer una bien nacida, y peor hubiese sido si soy escritor, aunque no estoy seguro. La principal es mujer, y la senadora es mujer, y mi madre fue mujer, y yo soy sólo maestro, y en la cama un hombre, y mi mujer lo sabe, pero no es feliz porque la felicidad la traen las cosas buenas que se hacen en las fábricas, como se la trajeron a la supervisora de inglés, y a otras tan hábiles como ella para atraer la felicidad. Pero mi mujer no. Pero Anita, de la Calle Luna, es feliz cuando me goza, o aparenta que me goza, a pesar de que es mayor que aquellas muchachas de la vieja casa de balcón en ruinas (eran nueve las muchachas y la menor tenía los muslos duros y la mirada de níspero), pero no pide absurdos, sólo lo que le doy, que es bastante en un sentido, mas no exige un traje nuevo para la fiesta de los Rotarios el mismo día en que me ejecutan la hipoteca, y los cuarenta dólares que me descuentan del sueldo por el último préstamo y quince más para el Fondo del Retiro, porque la ley que hizo la senadora es buena y obliga a que yo piense en la vejez (la de mi mujer quiere decir la ley, porque no hay ley que proteja al hombre), aunque antes de llegar a esa vejez que la ley señala no se tenga para el plazo atrasado del televisor (nadie puede vivir sin televisor, ay, nadie puede), y ella insiste en que lo eche afuera para conservar el cuerpo bonito y lucir el traje nuevo (no ése, sino el último, el de la falda bordada en “rhinestones”), si tan siquiera fuese para gozarlo (su cuerpo, digo), pero apenas me deja, con esa angustia de lo completo, y todo por no usar la esponja chica, como dijo la trabajadora social de Bienestar Público que es en verdad Malestar Privado o cuando no con aquello de no, me duele, que Anita me dice porque se conforma con los tragos en la barra y los cinco dólares, más dos del cuarto que usamos esa noche, y no se queja, ni le duele, porque no es bien nacida y tampoco estoy seguro de que sea blanca.

-¿Es que no tienes vergüenza ni orgullo, querido? La gente decente vive hoy en las nuevas urbanizaciones. Pero nosotros…
Las puntas del pañuelo rojo que ceñía el cuello tan justamente flotaban al aire gritando alegres trap-traps. Él estaba seguro de haber apretado el lazo con firmeza al notarlo demasiado flojo (por eso ahora parecía un collar de seda), pero lo había hecho con gestos suaves para no incomodarla, para que no se alterara en lo más mínimo la posición graciosa del cuerpo sobre la popa. Por lo demás, el bote avanzaba.
-Si yo fuese hombre ganaría más dinero que tú. Pero soy sólo una débil mujer…

Una débil mujer destinada a ser esclava del marido porque yo soy el marido y ella la esclava. Mi madre era también una débil mujer. Y si mi hijo no hubiese muerto también habría sido el amo de dos esclavas y es mejor que muriera. Un maestro no muere, pero precisa tenerlo todo eléctrico, porque no hay servicio y cómo ha de haberlo si las muchachas del campo se van a las fábricas o a los bares de la Calle Luna (a casa de Leoncia no porque murió un Viernes Santo, mientras cargaba el Sepulcro en la procesión de las cuatro), y se niegan a servir, lo cual es una agonía en el tiempo porque creen ser libres, y no lo son si luego aspiran a salir de la fábrica, y tener, y exigir, y el marido agonizar, porque la estufa eléctrica es buena, y la olla de presión también, pero el arroz se amogolla, o se quema, y las habichuelas se ahuman, y los sáñuiches de “La Nueva Aurora” no son alimento para un hombre que trabaja, y hay que gastar en vitaminas que la farmacéutica despacha con su sonrisa eterna, y a veces me dan tentaciones de pedirle veneno, pero en casa no hay ratas, aunque es cierto que tengo una especie de erupción en las ingles, y alguna cosa habrá para esa molestia (me pregunto si la farmacéutica sonreirá también cuando le hable del escozor en mis ingles), un polvo que sea blanco y venenoso porque ahora en el verano es peor (la erupción, quiero decir), y tengo que llevarla a la playa y me dará dolor de cabeza hablándome del auto nuevo que debo comprar, y de las miserias que pasa, y de su condición de mujer débil y humillada, hasta que me estalle la cabeza y me den ganas de echarle plomo derretido en todos los huecos de su cuerpo, pero no le echaré nada porque soy maestro de criaturas inocentes (“mister”, “mister”, a esa niña la preñó el conserje), y para sentirme vivo tengo que ir a la Calle Luna, pero a Anita, claro está, ya no le haría daño, y es que en casa es donde soy el amo, hasta que reviente.

Vio en el fondo del bote sus propios pies desnudos: los dedos largos, retorcidos, encaramándose uno encima del otro. Me aprietan, madreEse número te queda bien, hijito. Pero me aprietan, madre. Ya los domarás; son bonitos, como si quisieran protegerse, unos a otros, contra la crueldad del mundo. Y vio luego los pies de ella formando óvalos casi perfectos, con los dedos suaves y pequeños, las uñas de coral encendido.
-¿Para qué estás amolando ese cuchillo tan viejo?
-Para mañana. Para abrir unos cocos en la playa mañana.
-Me da dentera.
Observó el vuelo de un ave marina sobre el bote: el plumaje tan blanco, los movimientos tan gráciles, la forma toda tan bellamente encendida de sol. Y el ave se lanzó sobre el agua y volvió a remontarse con un pez en sus garras. Y eran unas garras poderosas, insospechadas en la frágil belleza del cuerpo aéreo.
-Tenemos que cambiar la cortina vieja del balcón, querido. ¡Qué vergüenza! Somos el hazmerreír del vecindario.
El vecindario ríe, y oigo su risa, y debe sus cuentas en la misma farmacia. La farmacéutica entregándole el pequeño paquete: la calavera roja sobre dos huesos en cruz. “Uso externo.” ¿Veneno para las ratas? Sonriendo, sonriendo siempre.
El cuchillo viejo estaba a sus pies, en el fondo del bote, las manchas negras oscureciendo el filo.
-¡Cuidado, que el coco mancha!
-No importa, queridita. Pruébalo. Es fresco y dulce. (Uso externo no; interno, interno.)
-Es demasiado picante.
-No importa, queridita. Vamos a pasear en bote.Y no tendremos agua a mano por un buen rato. Bebe.
Remaba ahora con furia, sin sentido del rumbo. El bote, inexplicablemente, describía círculos amplios, más amplios…
-No es que yo sea mala, querido. Es que nací para otra vida. ¿Qué culpa tengo, si el dinero…?
Los círculos, cortados limpiamente a pesar del desasosiego del agua, daban la sensación de que había en ello un propósito definido. ¿Pero lo había? El bote giraba locamente empezando a estrechar los círculos. ¿Qué busca él bote, qué busca el bote?
-Mami dice que tú eres un infeliz. ¿Por qué tú eres un infeliz, papi?
El sudor de la frente le caía a goterones sobre los párpados, atravesando las pestañas para dar a la visión del mundo la sensación de un objetivo fuera de foco.
-¿Sabes, querido? Un hombre de verdad le da a su mujer lo que ella no tiene.
Y la nicotina en los bronquios, aglutinándose para obstruir la respiración. El pecho escuálido era un fuelle de angustia y ruidos, la franja estrecha de pelos separando apenas las tetillas. Y era desordenada, exasperante la flexión de los brazos moviendo los remos.
El bote acortaba los círculos, los hacía más reducidos, pero siempre inútiles, furiosamente inútiles, como un torbellino que aparenta tener sentido oculto, sin tenerlo, excepto el único de girar, girar con rabia atroz sobre sí mismo, devorando sus propios movimientos concéntricos.
De pronto, dejó de remar. El bote, huérfano de orientación y mando, osciló peligrosamente. El sudor seguía dando a sus pupilas la visión de un mundo fuera de foco. Pero reinaba el orden porque allí, de súbito, estaba ahora la anciana de pelo blanco, semidesnuda en la trusa azul, asqueante, su cuerpo expuesto al sol inmisericorde.
-Eres muy joven para pensar en el matrimonio. No pienses en eso todavía, hijito.
-No pienso en eso, madre. Lo juro. No pienso en eso, ya.
Jadeaba de fatiga, aunque sus brazos permanecían inmóviles, laxos, doloridos, abandonados los remos que flotaban y se deslizaban de sus manos, y se alejaban, sin remedio, en el tiempo, sobre lo verde…
-Papi, mami dice que tú no debías…

Pero debí hacerlo desde hace años. Debí hacerlo. Porque hay algo que le roe a ella las entrañas, demandando, exigiendo, de mí, que no tengo la culpa de poseer lo que ella no tiene y nunca pedí a nadie. Sólo vivir tranquilo, buscando un sentido de mi vida. O angustiado, no logrando encontrarlo jamás. Pero sin esa presión horrible de la envidia de ella, sin esa exigencia de siempre proporcionar a su vida cosas que no entiendo. Ayer se llevaron la lavadora eléctrica. Porque piensa que ser hombre es sólo eso. La casa nueva, querido. Pero ser hombre es, por lo menos, saber por qué está uno en un bote sobre las aguas verdes que de lejos parecen ser azules. Y sin embargo, si ella lo pide. Si tú lo pides…
Lo pedía, dentro de la trusa azul, reclinada en la popa, aquella criatura radiante y juvenil, de belleza sobrehumana. Baile en los Rotarlos, querido. El sol de nadie tenía piedad. ¿Me queda bien lo rojo, querido? El cuchillo a sus pies tuvo un chispazo cegador a pesar de las manchas negruzcas en el filo. Ni pensar en otro hijo. ¡Y con tu sueldo…! Al inclinarse a agarrarlo sus ojos resbalaron sobre el abultado relieve entre sus piernas. Ay, no, querido, que me haces daño.

Daño en el alma a un hombre que no pide sino buscar el sentido de su vida. Llamada urgente del banco. Tampoco mi hijo lo hubiese encontrado. Llamada urgente… Y es mejor que muriera. Ejecutaron ya… Pero no puedo. Porque antes he de saber por qué estoy aquí. Sin prórroga… Y no me han dado tiempo. Muy señor nuestro, lamentamos…No me han dejado paz para la búsqueda. Telegrama del Departamento. Telegrama… ¡Todo lo que quieran por tener la paz! Lamentamos…Y saber. Saber…

-Cosas de hombre, hijito.
-Sí, madre, del hombre que nunca conociste.
Se puso de pie. El bote osciló bruscamente, pero él logró mantener el equilibrio. En la popa había un cuerpo. Inmóvil ya, era cierto. Pero el mundo allá, en la playa, seguía siendo un mundo de devoradoras y de esclavos. Y acá, era un viaje sin retorno. Introdujo el cuchillo entre su carne y el pantaloncito de baño. Volteó el filo hacia afuera. Rasgó la tela. Hizo lo propio en el lado izquierdo y los trozos de lana, junto a las tiras de elástico, cayeron al fondo del bote entre sus pies desnudos.
El bote estaba solo entre el cielo y el mar. Nada había cambiado. El sol era el mismo. Y la brisa seguía arrancando alegres trap-traps a las puntas del pañuelo de seda roja. Pero el tiempo, antes inmóvil, empezaba a proyectarse hacia la eternidad. Y ahora él estaba desnudo en el vientre del bote. Y en la popa había un cuerpo reclinado.
-Un hombre da a su mujer…
Sí, querida, ya lo dijiste antes. Con la mano izquierda agarró el conjunto de tejido esponjoso y lo separó lo más que pudo de su cuerpo. Levantó el cuchillo al sol y de un tajo tremendo, de espanto, cortó a ras de los vellos negros. El alarido, junto al despojo sangrante, fue a estrellarse contra el cuerpo inmóvil que permanecía apoyado suave, casi graciosamente, sobre la popa del bote.
FIN

1956

miércoles, 6 de junio de 2018

El ascensor que bajó al infierno


[Cuento - Texto completo.]
Pär Lagerkvist

El señor Smith, un próspero hombre de negocios, abrió el elegante ascensor del hotel y, amorosamente, tomó del brazo a una grácil criatura que olía a pieles y a poder. Se acurrucaron juntos en el blando asiento, y el ascensor empezó a bajar. La mujercita le ofreció su boca entreabierta, húmeda de vino, y se besaron. Habían cenado en la terraza, bajo las estrellas. Ahora salían a divertirse.
—Cariño, qué divinamente lo pasamos arriba —susurró ella—. Qué poético fue estar allí contigo, sentados bajo las estrellas. Así tiene que ser el verdadero amor. Porque tú me quieres, ¿no es cierto?
El señor Smith le respondió con un beso aún más largo. El ascensor seguía bajando.
—Me alegro de que hayas venido, cariño —dijo el hombre—. De lo contrario, me hubiera sentido muy decepcionado.
—Pues no puedes imaginar lo insoportable que estaba él. Cuando iba a vestirme, me preguntó que adonde iba. Voy adonde me place, contesté, no estoy prisionera. Entonces, deliberadamente, se sentó y estuvo contemplándome mientras me cambiaba y me ponía mi nuevo vestido color crema. ¿Crees que me sienta bien? Por cierto, ¿te gusta este o prefieres el rosa?
—Todo te sienta bien, querida —aseguró el hombre—. Pero jamás te había visto tan encantadora como esta noche.
Ella entreabrió el abrigo, sonriendo agradecida, y se besaron largamente. El ascensor seguía bajando.
—Entonces, cuando estaba a punto de marcharme me cogió la mano y la apretó de tal forma que todavía me duele, y no pronunció ni una sola palabra. ¡Es un bruto, no tienes ni idea! Bien, adiós, dije yo. Pero él no contestó. Es un exaltado, me asusta; no puedo remediarlo.
—Pobrecilla —se compadeció el señor Smith.
—Como si no pudiera salir un rato y divertirme. Es tan terriblemente serio, no tienes idea… No puede tomarse las cosas con sencillez y naturalidad. Es como si se tratara siempre de un asunto de vida o muerte.
—Pobre pequeña, cuánto habrás tenido que sufrir.
—Oh, he sufrido de verdad. Terriblemente. Nadie ha sufrido tanto como yo. Hasta que te conocí no supe lo que era el amor.
—Querida —murmuró Smith, acariciándola.
El ascensor seguía bajando.
—Cariño —correspondió la mujer, al recobrar el aliento después del largo beso—. Nunca olvidaré ese rato que estuvimos sentados allá arriba, contemplando las estrellas y soñando. Sabes, el caso es que Arvid es inaguantable, se pone siempre tan solemne, no tiene ni una pizca de poesía.
—Querida, tu situación es intolerable.
—Sí, así es: intolerable. Pero —prosiguió ella, tomándole la mano con una sonrisa—, no pensemos más en ello. Vamos a divertirnos. ¿Me quieres de verdad?
—¡Claro! —afirmó el hombre, inclinándose sobre ella mientras suspiraba.
El ascensor seguía bajando. Acurrucado sobre ella, la acarició. La mujer se ruborizó.
—Esta noche haremos el amor… como nunca, ¿eh? —susurró Smith.
Ella se apretó contra él y cerró los ojos. El ascensor seguía bajando.
Al fin, el señor Smith se puso en pie, con el rostro enrojecido.
—Pero, ¿qué le sucede a este ascensor? —exclamó—. ¿Por qué no se para? Hace una eternidad que estamos aquí charlando, ¿no es cierto?
—Sí, cariño, supongo que sí. El tiempo pasa tan de prisa…
—¡Dios del cielo! ¡Hace siglos que estamos sentados aquí! ¿Qué es lo que pasa?
Miró a través de la reja. No se veía otra cosa que una profunda oscuridad. Y el ascensor seguía bajando y bajando cada vez más profundamente.
—¡No lo comprendo! Es como si cayéramos en un profundo pozo. ¡Y Dios sabe cuánto tiempo llevamos así!
Intentaron asomarse al abismo. Estaba en tinieblas. Y ellos iban hundiéndose cada vez más.
—Vamos directo al infierno —musitó Smith.
—Oh, querido —gimió la mujer, cogiéndole del brazo—. Estoy muy nerviosa. Tendrías que apretar el botón de alarma o el del freno de emergencia.
Smith tiró con todas sus fuerzas, sin resultado alguno. El ascensor seguía hundiéndose en la interminable oscuridad.
—¡Es espantoso! —chilló ella—. ¿Qué haremos?
—Sí, ¿qué pensará hacer el diablo? —contestó Smith—. Todo esto es absurdo.
La mujer estaba desesperada y estalló en sollozos.
—Vamos, vamos, amor mío, no llores; debemos ser razonables. No podemos hacer nada. Siéntate. Será lo mejor. Vamos a quedarnos sentados, muy juntos, y ya veremos lo que sucede. Tendrá que pararse en algún momento…
Entonces se sentaron y esperaron.
—Mira lo que nos está pasando —se quejó la mujer—. Y pensar que salíamos a divertirnos…
—Sí, parece obra del mismo diablo —admitió Smith.
—Pero tú me quieres, ¿no es cierto?
—Querida —murmuró Smith, rodeándole los hombros con el brazo.
El ascensor seguía bajando.
Por fin se detuvo en seco. Algo parecido a una luz brillantísima los rodeaba, dañándoles los ojos. Estaban en el infierno. El diablo abrió la portezuela cortésmente.
—Buenas noches —saludó con una profunda inclinación.
Iba vestido con los rabos que le colgaban de la vértebra cervical, como de un clavo.
Smith y la mujer salieron del ascensor, deslumbrados.
—¿Dónde estamos, en nombre de Dios? —exclamaron aterrados por la sorprendente aparición.
El diablo, un poco confuso, les explicó:
—No está tan mal como parece —se apresuró a añadir—. Espero que se hallarán complacidos. ¿Pasarán únicamente la noche, no es así?
—¡Sí, sí! —asintió Smith al punto—. Únicamente la noche. No tenemos intención de quedarnos, por supuesto que no.
La mujercita temblaba, agarrándose a su brazo. La luz era tan corrosiva, y verde amarillenta, que apenas podían ver. Además, olía a quemado. Cuando lograron habituarse un poco, descubrieron que se hallaban en una especie de plazuela rodeada de casas, cuyas puertas resplandecían en la oscuridad. Las cortinas estaban corridas, pero a través de las rendijas podían ver su interior, donde ardía algo.
—¿Son ustedes los enamorados? —inquirió el diablo.
—Sí, locamente —repuso la mujer, mirando al diablo con ojos maravillados.
—Entonces, por aquí —dijo, rogando a la pareja que le siguieran.
Se internaron por una lóbrega callejuela que desembocaba en la plazuela. Un viejo y sucio farol colgaba junto a una puerta desvencijada.
—Aquí es —abrió la puerta y se retiró discretamente.
Entraron. Un nuevo diablo, gordo, servil, de ancho pecho, con un bigote teñido de color púrpura alrededor de la boca, los recibió. Sonrió en un jadeo, con una expresión sabia en sus ojos saltones. Alrededor de los cuernos, en la frente, llevaba sujetos unos mechones de pelo por medio de pequeños lazos de seda azul.
—¡Oh, el señor Smith y la joven dama! —observó—. El número ocho, entonces.
Y les entregó una enorme llave.
Subieron por las oscuras y grasientas escaleras. Los peldaños eran resbaladizos. Llegaron hasta el segundo piso. Smith buscó el número ocho y entró. Era una habitación bastante amplia y mohosa. En el centro había una mesa con un mantel puesto, y junto a la pared, una cama con suaves sábanas. Les pareció todo encantador. Se quitaron los abrigos y se besaron largamente.
Un hombre entró inopinadamente desde otra habitación. Iba vestido como un camarero, pero la chaqueta era de buen corte, y su camisa tan limpia que brillaba con un resplandor fosforescente en la semioscuridad. Andaba silenciosamente, sus pisadas no producían ruido alguno, y sus movimientos eran mecánicos, casi inconscientes. Sus facciones se mostraban severas, y sus ojos tenían una expresión fija. Estaba mortalmente pálido, y en la sien tenía un agujero de bala. Arregló la habitación, limpió el tocador, dejó un orinal y una brocha.
La pareja no le prestó demasiada atención, pero cuando iba a marcharse, Smith pidió:
—Desearíamos tomar un poco de vino. Tráiganos media botella de Madeira.
El hombre asintió y desapareció.
Smith empezó a desnudarse. La mujer vacilaba aún.
—Va a volver —dijo.
—En un lugar como este, no hay que prestar atención. Quítate la ropa.
Ella se quitó el vestido con coquetería, luego la ropa interior y se sentó, por fin, en las rodillas del hombre. Era encantador.
—Fíjate —susurró la mujer—, estamos aquí juntos, en un lugar tan romántico y singular. Qué poético… Jamás podré olvidarlo.
—Querida —suspiró Smith.
Se besaron largamente.
El hombre volvió a entrar, sin hacer ruido alguno. Suave, mecánicamente, puso los vasos encima de la mesa, y sirvió el vino. La luz de la lamparilla de cabecera le iluminó la cara. No había nada especial en su rostro, excepto la mortal palidez y el agujero de bala de su sien.
La mujer se incorporó, dando un grito.
—¡Oh, Dios mío! ¡Arvid! ¿Eres tú? ¿Eres tú? ¡Oh, Dios del Cielo, está muerto! ¡Se ha suicidado!
El hombre seguía en pie, quieto, con la mirada fija. Su rostro no aparentaba señales de sufrimiento; se mostraba solamente grave y estático.
—¡Pero, Arvid, qué has hecho, qué has hecho!… ¡Cómo has podido! Amor mío, si llego a sospecharlo me hubiera quedado en casa contigo. Pero nunca me dices nada. ¡Nunca dices nada de nada, ni una sola palabra! ¡Cómo iba a saberlo, si nunca me dices una palabra! Oh, Dios mío…
Su cuerpo entero se estremecía. El hombre la miró como si fuera una extraña, su expresión era helada y gris. Su mirada parecía atravesarlo todo. El pálido rostro centelleó. No salía sangre de la herida; era solo un agujero.
—¡Oh, es un fantasma, un fantasma! —chilló—. ¡No quiero quedarme aquí! Vámonos… No puedo resistirlo.
Se puso la ropa, el sombrero y el abrigo y salió apresuradamente, seguida de Smith. Resbalaron al bajar por las escaleras. Cayó sentada y se manchó el abrigo de saliva y de ceniza de cigarrillo. Abajo, el diablo de los bigotes estaba de pie, sonriendo con toda naturalidad y agitando los cuernos.
Ya en la calle se tranquilizaron un poco. La mujer se arregló las ropas y se empolvó la nariz. Smith la rodeó protectoramente con los brazos y besó sus ojos, impidiendo que cayeran las lágrimas; era tan bueno… Se encaminaron hacia la plazuela.
El jefe de los diablos se paseaba por allí cerca, y se dirigieron hacia él rápidamente.
—Han ido muy de prisa —observó—. Espero que habrán gozado de comodidad.
—Oh, ha sido terrible —gimió la mujer.
—No, no diga esto, no puede pensar así. Si hubiera visto en otros tiempos, todo era distinto. El infierno de ahora no es para quejarse. Hacemos todo lo que podemos para que no sea desagradable, al contrario, para que resulte divertido.
—Sí —asintió el señor Smith—, debo confesar que resulta un poco más humano, es cierto.
—Oh —exclamó el diablo—, lo hemos modernizado, lo hemos reformado todo.
—Sí, por supuesto, hay que estar a tono con los tiempos.
—Exacto, ahora únicamente es el alma la que sufre.
—Demos gracias a Dios por ello —dijo la mujer.
El diablo les acompañó cortésmente hasta el ascensor.
—Buenas noches —saludó con una profunda inclinación—, vuelvan cuando gusten.
Cerró la puerta del ascensor tras ellos. El ascensor empezó a subir.
—Gracias a Dios, ya ha pasado todo —suspiraron ambos, ya tranquilizados, y se sentaron muy juntos en el banquillo.
—No lo hubiera resistido de no estar tú —susurró la mujer.
Él la atrajo hacia sí y se besaron largamente.
—Cariño —prosiguió la mujer al recobrar el aliento tras el largo beso—, ¡qué cosa se le ha ocurrido hacer! Siempre ha tenido ideas raras. Nunca ha sido capaz de tomarse las cosas con sencillez y naturalidad, tal como son. Es como si siempre se tratara de un asunto de vida o muerte.
—Es absurdo —admitió Smith.
—¡Debía habérmelo dicho! Entonces me hubiera quedado con él. Habríamos salido cualquier otra noche.
—Sí, claro —continuó admitiendo Smith—, naturalmente que hubiéramos salido.
—Pero no pensemos más en ello, cariño —terminó, rodeándole el cuello con los brazos—. Ya pasó todo.
—Sí, querida, ya pasó todo.
Tomó a la mujer en sus brazos. El ascensor seguía subiendo.
FIN

miércoles, 30 de mayo de 2018

Beatriz, una palabra enorme


[Cuento - Texto completo.]
Mario Benedetti

Libertad es una palabra enorme. Por ejemplo, cuando terminan las clases, se dice que una está en libertad. Mientras dura la libertad, una pasa, una juega, una no tiene por qué estudiar. Se dice que un país es libre cuando una mujer cualquiera o un hombre cualquiera hace lo que se le antoja. Pero hasta los países libres tienen cosas muy prohibidas. Por ejemplo matar. Eso sí, se pueden matar mosquitos y cucarachas, y también vacas para hacer churrascos. Por ejemplo está prohibido robar, aunque no es grave que una se quede con algún vuelto cuando Graciela, que es mi mami, me encarga alguna compra. Por ejemplo está prohibido llegar tarde a la escuela, aunque en este caso hay que hacer una cartita, mejor dicho la tiene que hacer Graciela, justificando por qué. Así dice la maestra: justificando.
Libertad quiere decir muchas cosas. Por ejemplo, si una no está presa, se dice que está en libertad. Pero mi papá está preso y sin embargo está en Libertad, porque así se llama la cárcel donde está hace ya muchos años. A eso el tío Rolando lo llama qué sarcasmo. Un día le conté a mi amiga Angélica que la cárcel en que está mi papá se llama Libertad y que el tío Rolando había dicho qué sarcasmo y a mi amiga Angélica le gustó tanto la palabra que cuando su padrino le regaló un perrito le puso de nombre Sarcasmo. Mi papá es un preso pero no porque haya matado o robado o llegado tarde a la escuela. Graciela dice que mi papá está en Libertad, o sea preso, por sus ideas. Parece que mi papá era famoso por sus ideas. Yo también a veces tengo ideas, pero todavía no soy famosa. Por eso no estoy en Libertad, o sea que no estoy presa.
Si yo estuviera presa, me gustaría que dos de mis muñecas, la Toti y la Mónica, fueran también presas políticas. Porque a mí me gusta dormirme abrazada por los menos a la Toti. A la Mónica no tanto, porque es muy gruñona. Yo nunca le pego, sobre todo para darle ese buen ejemplo a Graciela.
Ella me ha pegado pocas veces, pero cuando lo hace yo quisiera tener muchísima libertad. Cuando me pega o me rezonga, yo le digo Ella, porque a ella no le gusta que la llame así. Es claro que tengo que estar muy alunada para llamarla Ella. Si por ejemplo viene mi abuelo y me pregunta dónde está tu madre, y yo le contesto Ella está en la cocina, ya todo el mundo sabe que estoy alunada, porque si no estoy alunada digo solamente Graciela está en la cocina. Mi abuelo siempre dice que yo salí la más alunada de la familia y eso a mí me deja muy contenta. A Graciela tampoco le gusta demasiado que yo la llame Graciela, pero yo la llamo así porque es un nombre lindo. Solo cuando la quiero muchísimo, cuando la adoro y la beso y la estrujo y ella me dice ay chiquilina no me estrujes así, entonces sí la llamo mamá o mami, y Graciela se conmueve y se pone muy tiernita y me acaricia el pelo, y eso no sería así ni sería tan bueno si yo le dijera mamá o mami por cualquier pavada.
O sea que la libertad es una palabra enorme. Graciela dice que ser un preso político como mi papá no es ninguna vergüenza. Que es casi un orgullo. ¿Por qué casi? Es orgullo o es vergüenza. ¿Le gustaría que yo dijera que es casi vergüenza? Yo estoy orgullosa, no casi orgullosa, de mi papá, porque tuvo muchísimas ideas, tantas y tantísimas que lo metieron preso por ellas. Yo creo que ahora mi papá seguirá teniendo ideas, pero es casi seguro que no se las dice a nadie, porque si las dice, cuando salga de Libertad para vivir en libertad, lo pueden meter otra vez en Libertad. ¿Ven como es enorme?
FIN

miércoles, 23 de mayo de 2018

La pequeña salida del señor Loveday


[Cuento - Texto completo.]
Evelyn Waugh

I
—No encontrarás muy cambiado a tu padre —dijo lady Moping mientras el coche franqueaba la verja del sanatorio del condado.
—¿Llevará uniforme? —preguntó Ángela.
—No, querida, desde luego que no. Aquí lo atienden mejor que en ninguna parte.
Era la primera visita de Ángela y había sido a propuesta de ella misma.
Habían pasado diez años desde aquel lluvioso día de finales de verano en que se llevaron a lord Moping, un día de confusos, pero amargos recuerdos para ella; el día de la fiesta anual al aire libre de lady Moping, un día siempre amargo y confuso debido al capricho del tiempo, que, después de mantenerse sereno y prometedor hasta que llegaron los primeros invitados, había degenerado, de súbito, en un aguacero. Todos intentaron ponerse a cubierto; el entoldado se vino abajo; un frenético desfile de gente con cojines y sillas; un mantel atado a las ramas de la araucaria, ondeando bajo la lluvia; un lapso de sol y los invitados saliendo con cautela al césped empapado; otro chaparrón; otros veinte minutos de sol. Una tarde atroz que había culminado pasadas las seis con el intento de suicidio de su padre.
Lord Moping solía amenazar con suicidarse el día de la fiesta al aire libre. Aquel año lo habían encontrado con la cara negra, colgando de sus propios tirantes en el invernadero de los cítricos; unos vecinos que se habían resguardado allí de la lluvia lo bajaron y, antes de cenar, ya estaba allí el furgón que venía a buscarlo. A partir de entonces lady Moping había visitado periódicamente el sanatorio, regresando siempre a la hora del té y un tanto reacia a hablar de la experiencia.
Muchos de sus vecinos criticaban en mayor o menor medida la reclusión de lord Moping. No se trataba, desde luego, de un paciente cualquiera. Vivía en un ala aparte del centro, especialmente pensada para los dementes acomodados, a los que se tenía toda la consideración que sus fobias permitían. Podían elegir la ropa que vestían (muchos tenían gustos muy extravagantes), fumar los cigarros más caros del mercado y, en los aniversarios de su certificación, invitar a cenas privadas a otros internos por quienes sintieran apego.
Pese a todo ello, el manicomio distaba mucho de ser una institución de las más caras; el ambiguo membrete —«HOGAR PARA DEFICIENTES MENTALES»—, estampado en el papel de carta, lucido por los empleados en los uniformes, pintado incluso en una valla muy visible sobre la entrada principal, suscitaba asociaciones muy poco halagüeñas. De vez en cuando, con mayor o menor tacto, las amigas de lady Moping intentaban comentarle detalles sobre casas de reposo al borde del mar, «médicos cualificados y grandes recintos privados ideales para el tratamiento de casos difíciles», pero ella se lo tomaba todo a la ligera. Cuando su hijo fuera mayor de edad ya haría los cambios que juzgara oportunos; mientras tanto ella no se sentía inclinada a relajar su régimen económico; su marido la había engañado vilmente justo el día del año en que ella recababa apoyo y fidelidad, y lo estaba pasando mucho mejor de lo que se merecía.
Varias figuras solitarias con sobretodo paseaban por el jardín arrastrando los pies.
—Esos son los locos de clase baja —observó lady Moping—. Para la gente como tu padre hay un jardincito precioso con muchas flores. Yo les envié unos esquejes el año pasado.
Dejaron atrás la aburrida fachada de ladrillo amarillo y llegaron a la entrada particular del doctor, quien las recibió en la «sala de visitantes», dispuesta expresamente para entrevistas de esta índole. La ventana estaba protegida en su parte interior por barrotes y tela metálica; no había hogar, y cuando Ángela trató de apartar discretamente su silla del radiador, comprobó que estaba atornillada al suelo.
—Lord Moping está en buenas condiciones de verla —dijo el doctor.
—¿Qué tal se encuentra hoy?
—Oh, bien, muy bien, no se preocupe. Tuvo un fuerte catarro hace semanas, pero aparte de eso su estado es excelente. Se pasa el tiempo escribiendo…
Oyeron un ruido como de pasos arrastrándose por el suelo de losas del pasillo. Al otro lado de la puerta, una voz aguda y desagradable que Ángela reconoció enseguida dijo:
—No tengo tiempo. Ya se lo he dicho. Que vuelvan luego.
Otra voz, en un tono más suave y con un ligero acento rural, contestó:
—Vamos, vamos. Es una visita puramente formal. No hace falta que se quede mucho rato.
La puerta se abrió (no tenía cerradura ni pestillo) y lord Moping entró en la salita. Iba acompañado de un hombrecillo entrado en años con el cabello blanco y una expresión de gran bondad en el rostro.
—Les presento al señor Loveday, que hace las veces de asistente de lord Moping.
—De secretario —corrigió lord Moping. Acto seguido avanzó como a saltitos y estrechó la mano de su esposa.
—Esta es Ángela. Te acuerdas de Ángela, ¿verdad?
—No, la verdad es que no. ¿Y qué quiere?
—Solo hemos venido a verte.
—Ah, pues vienen en un momento muy inoportuno. Estoy tremendamente ocupado. ¿Ha pasado ya a máquina esa carta al papa, Loveday?
—No, milord. ¿Se acuerda usted de que me dijo que antes comprobara las cifras de las pesquerías de Terranova?
—Cierto. Bueno, es una suerte, porque me temo que habrá que redactar la carta de cabo a rabo. Después de comer ha ido saliendo a la luz gran cantidad de datos nuevos. Muchísima información… Ya ves, querida, estoy ocupadísimo —desvió sus inquietos e inquisitivos ojos hacia Ángela—. Supongo que habrás venido por lo del Danubio. Bien, pues tendrás que volver un poco más tarde. Diles que no habrá ningún problema, todo va bien, pero que no he podido dedicarle la atención necesaria. Diles eso.
—Muy bien, papá.
—En realidad —dijo lord Moping, enfurruñado—, es un asunto de interés secundario. Primero están el Elba, el Amazonas y el Tigris, ¿eh, Loveday?… Oh, y el Danubio, claro está. Un riachuelo infecto. Yo no lo llamaría más que arroyo. Bien, eso es todo, gracias por haber venido. Haría más si pudiera, pero ya ven que no doy abasto. Cuéntenmelo por escrito. Sí, eso es: pónganmelo en letras de molde.
Dicho esto, se marchó.
—Ya lo ven —dijo el doctor—, se encuentra perfectamente. Ha ganado peso, come y duerme la mar de bien. De hecho, el tono general de su organismo es irreprochable.
Se abrió la puerta de nuevo; era Loveday.
—Disculpe la interrupción, señor, pero he pensado que a la joven quizá le habrá sentado mal que milord no la haya conocido. No se lo tenga en cuenta, señorita. La próxima vez seguro que estará encantado de verla. Es que hoy está molesto: se ha retrasado un poco en su trabajo. Verá, señor, esta semana he estado ayudando en la biblioteca y no me ha sido posible pasar a máquina todos los informes de milord. Y él se ha hecho un poco de lío con el índice de fichas. No pasa nada. Milord no desea ningún mal a nadie.
—Qué hombre tan agradable —dijo Ángela cuando Loveday se hubo marchado de nuevo.
—Sí, no sé qué haríamos sin el bueno del señor Loveday. Todo el mundo lo adora, tanto el personal como los pacientes.
—Me acuerdo bien de él. Es un consuelo saber que puede usted contar con tan buenos celadores —dijo lady Moping—; la gente que no lo sabe dice muchas tonterías sobre los manicomios.
—Oh, pero Loveday no es ningún celador.
—No me diga que él también está chiflado —intervino Ángela.
—Bueno, tiene ese aire, desde luego —dijo el doctor—, y en estos últimos veinte años lo hemos tratado como si fuera un demente. Loveday es el alma de esta institución. Ni que decir tiene que no es uno de nuestros pacientes privados, pero permitimos que departa libremente con ellos. Es un excelente jugador de billar, hace trucos de magia el día del festival, les arregla los gramófonos, les hace de ayuda de cámara, les ayuda con los crucigramas y también echa una mano en sus, digamos, aficiones. Los pacientes le dan una propinita por los servicios prestados, y a estas alturas es probable que haya amasado una pequeña fortuna. Loveday tiene mucha mano izquierda, puede incluso con los más conflictivos. Es una suerte tenerlo aquí.
—Entiendo, pero ¿por qué está internado?
—Es una historia bastante triste. Siendo muy joven mató a una persona, una mujer a la que apenas conocía, la hizo caer de la bicicleta y después la estranguló. Loveday se entregó de inmediato y desde entonces no se ha movido de aquí.
—Pero si ya no puede hacer el menor daño a nadie, ¿por qué no lo dejan salir?
—Bien, imagino que si a alguien le interesara, saldría. No tiene más parientes que una hermanastra que vive en Plymouth. Hace años solía venir a verlo, pero dejó de hacerlo. Él es muy feliz aquí, y les aseguro que no seremos nosotros quienes demos el primer paso para que se marche. Nos es demasiado valioso.
—Pero no me parece justo —dijo Ángela.
—Fíjese en su padre —dijo el doctor—. Estaría bastante perdido sin tener a Loveday como secretario.
—No me parece justo.
II
Ángela abandonó el sanatorio con una opresiva sensación de injusticia. Su madre se mostró poco comprensiva.
—Imagínate: pasarse toda la vida encerrado en un manicomio.
—Intentó ahorcarse en el invernadero —replicó lady Moping—, delante de los Chester-Martin nada menos.
—No me refiero a papá, sino al señor Loveday.
—Creo que no le conozco.
—Sí, mamá, el loco que han asignado para que cuide de papá.
—¿El secretario de tu padre? Una persona muy decente, me ha parecido a mí, y sumamente idóneo para ese cometido.
Ángela no volvió a insistir durante un rato, pero al día siguiente sacó el tema a relucir durante la comida.
—Mamá, ¿qué hay que hacer para sacar a alguien del manicomio?
—¿Del manicomio? Santo cielo, hija, espero que no estés pensando en que tu padre vuelva a esta casa.
—No, no, quiero decir el señor Loveday.
—Me parece, Ángela, que estás muy desconcertada. Ya veo que no fue buena idea llevarte ayer de visita.
Terminado el almuerzo, Ángela se metió en la biblioteca y, al poco rato, ya estaba inmersa en la entrada de la enciclopedia sobre legislación referida a casos de demencia.
No volvió a hablar de ello con su madre, pero, quince días después, ante la posibilidad de llevar unos faisanes a su padre con motivo de su undécima fiesta de certificación, se mostró insólitamente dispuesta a hacer de recadero. Su madre tenía otras cosas en la cabeza y no advirtió nada sospechoso.
Ángela fue en su pequeño automóvil hasta el sanatorio y, después de hacer entrega de los faisanes, preguntó por el señor Loveday. Estaba, en ese momento, preparando una corona para uno de sus compañeros, un hombre que esperaba ser ungido de un momento a otro emperador del Brasil, pero Loveday dejó lo que estaba haciendo para charlar unos minutos con Ángela. Hablaron de la salud de su padre y de su estado de ánimo. Finalmente, Ángela dijo:
—¿Usted nunca tiene ganas de marcharse?
El señor Loveday la miró con sus afables ojos azul gris.
—Me he acostumbrado a esta vida, señorita. Les tengo cariño a las personas que residen aquí y diría que algunas de ellas también sienten cariño por mí. Como mínimo, creo que me echarían de menos si me marchara.
—Pero ¿nunca piensa en ser libre otra vez?
—Desde luego que sí, pienso en ello casi cada momento.
—¿Qué haría si saliera de aquí? —preguntó Ángela—. Seguro que hay algo que preferiría hacer antes que quedarse en este sanatorio.
El hombre se rebulló un tanto inquieto.
—Mire, señorita, no quisiera parecer desagradecido, pero no puedo negar que me vendría muy bien hacer una pequeña salida, antes de que sea demasiado viejo para disfrutar de ello. Imagino que todo el mundo tiene alguna ambición secreta; en mi caso hay algo que muchas veces he deseado poder hacer. Prefiero que no me pregunte de qué se trata… No sería una cosa de mucho rato. Pero estoy convencido de que si pudiera hacerlo, aunque fuera solamente una tarde, ya podría morir tranquilo. Me sería más fácil volver a esta vida y dedicarme a los pobres dementes con mayor entusiasmo. Sí, estoy convencido.
Aquella tarde, volviendo en su coche, Ángela no pudo contener las lágrimas.
—Ese hombre es un santo; es preciso que disfrute de su pequeña salida —dijo.
III
A partir de aquel día y durante muchas semanas Ángela tuvo una nueva meta en la vida. Hacía las tareas cotidianas con aire abstraído y una reservada cortesía poco habitual, cosa que tenía muy desconcertada a lady Moping.
—Me parece que la niña se ha enamorado. Solo espero que no sea de ese chico tan ordinario, el hijo de los Egbertson.
Leía a todas horas en la biblioteca, interrogaba a todo aquel invitado a la casa que pretendiera ser una autoridad en materia legal o médica, mostró una extremada buena voluntad para con el viejo sir Roderick Lane-Foscote, el diputado de la familia. Los términos «alienista», «abogado» o «funcionario del gobierno» habían adquirido para ella la fascinación que otrora rodeaba a actores de cine y luchadores profesionales. Se había convertido en una mujer con una causa, y, antes de que la temporada de caza tocara a su fin, había logrado sus objetivos: el señor Loveday consiguió su libertad.
El doctor, pese a cierta reticencia inicial, no puso grandes reparos. Sir Roderick escribió una carta al Ministerio del Interior. Una vez firmados los documentos necesarios, llegó para el señor Loveday el día de abandonar la que había sido su casa durante tan largos y fructíferos años.
Hubo un poco de ceremonia en su partida. Ángela y sir Roderick Lane-Foscote se sentaron con los doctores en el escenario del gimnasio. Todos aquellos internos considerados lo suficientemente equilibrados como para aguantar las emociones se encontraban presentes.
Lord Moping, no sin algunos gestos de pesar, entregó al señor Loveday en nombre de los locos acaudalados una pitillera de oro; los que se consideraban a sí mismos emperadores lo cubrieron de condecoraciones y títulos de honor. Los celadores le regalaron un reloj de plata, y muchos de los internos que no eran de pago lloraron aquel día.
El principal discurso de la tarde corrió a cargo del doctor.
—Recuerde —señaló— que deja usted a su paso nada más que nuestros mejores deseos. El tiempo no hará sino acrecentar la deuda que todos creemos tener con usted. Si en el futuro llegara a cansarse de la vida en el exterior, aquí siempre será bienvenido. Su puesto seguirá vacante.
Una docena de internos más o menos afligidos le siguieron cojeando o dando saltitos por el camino de grava hasta que se abrió la verja y el señor Loveday penetró en su libertad. El pequeño baúl que poseía estaba ya en la estación; él decidió ir a pie. Había tenido sus reservas con respecto a abandonar el sanatorio, pero iba bien provisto de dinero y la impresión general era que, antes de visitar a su hermanastra en Plymouth, iría a Londres a divertirse un poco.
De ahí que la sorpresa fuera general al verlo regresar dos horas después de su liberación. Apareció enigmáticamente risueño, con una sonrisa afable y un tanto engreída de remembranza.
—He vuelto —le comunicó al doctor—. Creo que ahora me quedaré aquí definitivamente.
—Pero, Loveday, qué vacaciones tan cortas. Mucho me temo que no se habrá divertido apenas nada.
—Oh, al contrario, señor, gracias, señor. Me he divertido muchísimo. Todos estos años he venido prometiéndome que me daría un pequeño gusto. Han sido cortas, pero muy provechosas. Ahora podré dedicarme de nuevo a mi trabajo sin el menor remordimiento.
Unos quinientos metros más allá del sanatorio, descubrieron más tarde una bicicleta abandonada. Era de mujer y bastante antigua. Cerca de ella, en la cuneta, yacía el cuerpo estrangulado de una mujer joven que, volviendo en bici a su casa para tomar el té, había adelantado al señor Loveday mientras este caminaba enérgicamente meditando sobre sus oportunidades.
FIN

“Mr. Loveday’s Little Outing”, 1936