Historia Moderna de Israel

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martes, 7 de noviembre de 2017

Tres cuentos breves

CAPÍTULO PRIMERO: LA    CASITA

Heredé una pequeña y vieja casita de mi tía abuela, que me quería mucho, pues decía que yo me parecía mucho a la joven que ella había sido.
        Lo que nos diferenciaba era que mi tía siempre fue una mujer delicada y con mucha fantasía y yo, una joven fuerte, sana y muy realista. 
El día que fui al notario para que me entregara las llaves de la casa, al cogerlas noté en mi mano un calor especial, como si el alma de mi tía estuviera en ellas. Sentí un escalofrío que me dio un poco de miedo: el cuerpo de mi tía no había aparecido. Al prescribir el tiempo reglamentario y debido a su avanzada edad, la habían dado por muerta y debía hacerme cargo de mi herencia.
Desde el primer día sentí la necesidad perentoria de ir a la casita, pero en esos momentos de mi vida mí trabajo y mis circunstancias me hacían imposible viajar. Lo dejaría para las vacaciones de Navidad, entonces tendría más tiempo para reunirme un poco con mi pasado.
La casita de mi tía abuela estaba relativamente cerca de la nuestra, donde vivíamos mis padres y yo; a una hora de camino, más o menos. Yo recorría ese camino tres veces a la semana. No me daba pereza ir a visitarla. Me encantaban las historias que me contaba y la merienda que me tenía preparada. Cuando era pequeña, un vasito de leche con unas pastas de piñones que me encantaban. Más tarde, cuando fui creciendo, un cafetito los días de mucho frío y una limonada en verano.

Un día, mis padres decidieron vender nuestra casa y nos trasladamos a la ciudad, para que yo tuviera más oportunidades de estudios y trabajos. Iba a echar mucho de menos la tardes con mi tía abuela.
Nuestra antigua casa estaba en la plaza mayor del pequeño pueblo. La de mi tía es una casita de madera, situada lejos del camino transitado. Parecía agazapada sobre la ladera húmeda y herbosa o recostada contra el gigantesco afloramiento rocoso. Había permanecido así durante doscientos años o más, mientras a su alrededor medraban y se multiplicaban las plantas rastreras y los árboles crecían.
Me contaba mi tía que esa casa había sido morada durante generaciones de los personajes más extraños que el mundo haya podido ver. Yo escuchaba embelesada las historias sobre su casita.
Mi tía vivía rodeada de una gran fantasía. No se había casado, no por falta de pretendientes, ya que era muy guapa y graciosa, pero también muy independiente: no habría soportado que ningún hombre le impusiera unas normas de vida. No lo lamentó nunca, era feliz a su manera. Aunque en los alrededores la tenían por una persona” rara”, solo porque en aquellos tiempos elegir la soltería era casi un pecado mortal. Decían, hablaban, comentaban que su casa estaba embrujada y que la habitaban seres de otra dimensión.
¡Se oían voces, en idiomas que la gente rural no comprendía! Les estaba bien empleado, por cotillas: a ellos que les importaba lo que hiciera o no mi tía. Las gentes en los pueblos pequeños se preocupan más de lo ajeno que de sus propias vidas, no muy ejemplares algunas. Deberían haber dejado de meterse en asuntos que no les incumbían. A veces, los comentarios dichos con malicia pueden hacer un daño irreparable en la persona que no puede defenderse.
Mi tía pasaba de todo aquello, creo que, en el fondo, algo sí le molestaba, pero nunca dijo nada a nadie, ni hizo ningún comentario al respecto.
Los habitantes del pueblo se desviaban del camino por no pasar cerca de la casa, salvo que fuera imprescindible.
Con el tiempo, me fui a vivir a otro país y, cuando fallecieron mis padres, perdí un poco el contacto con mi tía abuela. Cosas que pasan. Pero siempre la tenía en mis recuerdos.
Después de mi visita al notario pasaron algunos meses, llegaron las vacaciones de Navidad y con ellas, el compromiso que yo sola adquirí de ir a visitar mi casa. Estaba un poco nerviosa e intrigada: ¿serían ciertas las habladurías? Las personas que viven en pueblos tienen un sexto sentido para las cosas ocultas o extrañas.
        Ahora tenía diez días para averiguarlo y lo iba a hacer, pasara lo que pasara.
Antes de acercarme a la casa me pasé por el supermercado, para hacer acopio de víveres, linternas y velas, por si me sorprendía un apagón, aunque esperaba que eso no ocurriera.

Llegué a la vereda que llegaba hasta la casa. Aquello era casi un bosque. El jardín estaba descuidado, las malas hierbas abundaban y los rosales estaban secos.
El corazón me palpitaba, parecía que se iba a salir del  pecho, pero el recuerdo de mi tía me daba tranquilidad, no podía hacer caso de las habladurías de viejas chismosas y mal intencionadas. ¡Fuera de mi mente!, borradas para siempre.
Miré la casita, la fachada estaba un poco deteriorada por las inclemencias del tiempo y la mala conservación de la madera.
Introduje la llave en la cerradura, la puerta no chirrió como yo esperaba, se abrió como si la acabaran de engrasar. El olor que sentí al entrar era olor a lavanda; había muchas telarañas que, extrañamente, no eran grises ni incómodas, como vulgarmente son: estas eran de colores alegres, lo cual me hizo pensar que aquello era una bienvenida.
Lo primero que hice fue llevar todas las viandas a la cocina, colocarlas y limpiar un poco el polvo. Ya haría una limpieza más profunda otro día, tenía mucho tiempo por delante. Me instalé en el dormitorio de mi tía, que siempre me había gustado, con sus muebles victorianos.
Deshice las maletas y colgué la ropa en el armario, junto a la de mi tía. También allí olía a la lavanda que ella guardaba en saquitos de tela. Me dispuse a dar una vuelta por la casa, donde todo estaba igual que hace años.
Paseando por las habitaciones sentí o presentí que no estaba sola, tenía la sensación de que me observaban, aunque no le di mayor importancia: estaba nerviosa y posiblemente me lo estaba imaginando, por todas las habladurías que había escuchado sobre la casa y sobre mi tía.
               

CAPÍTULO SEGUNDO: EL SÓTANO

Bajé al sótano que, de toda la casa, era lo que estaba más limpio. No lo recordaba muy bien, y empecé a buscar recuerdos que supuse estarían allí, pero no había nada, lo cual me extrañó mucho.
 Aquel sótano parecía una sala de reuniones: en medio había una gran mesa de roble, no muy alta, y alrededor de la misma, once sillas. Sobre la mesa, labrada, una estrella de nueve puntas con una piedra azul en el centro. La misma que aparecía en el respaldo de las sillas.
Como la luz del sótano no era muy buena y no veía bien, subí rápidamente a buscar la potente linterna que había traído. Bajé corriendo, mi corazón estallaba de emoción, ¿qué sería aquello?, ¿qué reuniones se habrían celebrado alrededor de esa mesa? Tenía que averiguarlo.
Todo era muy extraño, ¿sería verdad lo que se decía de mi tía? No podía ser nada malo, mi tía era un ángel... ¿o tal vez no? Me pareció que me iba a estallar la cabeza, de tanto pensar. ¿Habría cambiado tanto mi tía que posiblemente no la conociera como creía? «No, quítate esas ideas de la cabeza», me decía a mí misma, no podía haber cambiado tanto.
 «¿Mi tía, bruja, o qué sé yo? No, imposible, no puede ser», me repetía una y otra vez.
Los pensamientos iban y venía por mi mente calenturienta. Recorrí la habitación con la linterna, fijándome en todo con el mayor detenimiento. Al dirigir la luz hacía el techo vi la misma estrella. Pero lo que más me sorprendió fue que, a lo largo de toda la pared, en la parte superior de la misma, había escritos números como los de los portales de las casas, del uno al nueve.
Me acerqué a tocar, mi temblorosa mano recorría la pared buscando o esperando encontrar algo, no sabía qué. Al poco noté una ranura rectangular que iba de arriba abajo y de derecha a izquierda, de las medidas de una puerta. Por más que toqué y busqué, no encontré cerradura ni nada que se le pareciera.
Mi imaginación me estaba gastando una broma, pensé. ¿Me habría quedado dormida?, ¿era todo un sueño? Me pellizqué y estaba despierta, y bien despierta: no era un sueño, era la más pura realidad.
El tiempo pasó tan rápidamente que no me había fijado en lo tarde que se había hecho. Subí a la cocina, cené solo un vaso de leche calentita, me tumbé en la cama pensando en todo lo que había visto, y me quede profundamente dormida. Soñé que mi tía quería comunicarse conmigo y contarme cosas de antaño, como había hecho siempre, aquellas historias suyas que me sorprendían y encantaban.
Al día siguiente me desperté muy temprano; el sol entraba por la ventana, y sus rayos me daban en la cara; un mirlo cantaba en el alféizar. Bajé a la cocina y me hice un café, quería bajar enseguida al sótano, para verlo con luz natural, sin velas ni linternas. La estancia tenía varias ventanas que daban al jardín y se podía ver con gran claridad. Necesitaba saber si lo que había visto por la noche habían sido imaginaciones mías o era realidad. Me fijé en que, a pesar de encontrarse envejecidos, arañados y casi opacos por el polvo, los cristales no estaban rotos. Subí a la habitación, me vestí unos pantalones vaqueros y un jersey gordo, salí al jardín y los limpié concienzudamente.
 Después volví al sótano. Todo estaba como la noche anterior, la mesa, las sillas, las estrellas…
Tímidamente, giré la cabeza hacía la pared, me acerqué y toqué la piedra (mis nervios estaban a flor de piel). Efectivamente, allí estaban los números, y, si te fijabas bien, se veían claramente nueve puertas. En cada lateral, a la derecha, una pequeña estrella de nueve puntas podría hacer las veces de cerradura, ¿o era la cerradura? Aunque no veía orificio alguno para meter una llave.
Fui tocando, una a una, lo que yo creía que eran las puertas, los números y las estrellas, pero no se abrían ni cedían.
Un poco desilusionada, me senté frente a la mesa a pensar: ¿eso que veía sería solo una decoración? La fantasía de mi tía no tenía límites, posiblemente habría encargado esas puertas para, por ejemplo, imaginar que tenía invitados y así entretener su soledad.
Estaba pasando la mano por la estrella labrada en la mesa y se me ocurrió apretar una de sus puntas. De repente noté un frío gélido en mi espalda, volví la cabeza y me quedé pasmada. Una de las puertas, la número cinco, se estaba abriendo lentamente.
No sabía qué hacer, si acercarme y entrar, o cerrarla nuevamente. No soy miedosa, mi tía no me dejaría algo maligno o que pudiera asustarme, me dije. Sin pensarlo dos veces, me levanté de la silla y fui al encuentro de lo desconocido.
Sentí el deseo de penetrar en el fondo de un mundo oscuro y hacer realidad la imagen en su intensidad.
Creí oír unas voces que me decían:
«Baja las escaleras, te estamos esperando».
 Sería, pues, un viaje hacia la certeza, un catálogo de paisajes, luces y colores en una tela de araña, un modo de la conciencia que explora los límites de la percepción de la noche y la luz, entre lo que veo y lo que no veo, escucho y otro lugar no evidente, abro mis ojos a lo evidente.
Allí estaba ella, la puerta abierta, esperándome, no sé si para tragarme o invitándome a entrar. Me adelanté unos pasos, pero retrocedí inmediatamente: «Pero qué haces insensata, no sabes lo que te espera al final de ese oscuro y frío laberinto»
Volví a la mesa, toqué una de las puntas y la puerta se cerró: no estaba preparada. necesitaba saber más. Seguramente en algún rincón de la casa encontraría algo que aclarara el misterio. Pero estaba sola, no podía arriesgarme a quedarme encerrada en un lugar donde nadie sabía que yo estaba. A mis compañeros de trabajo les había dicho que iba hacer un largo viaje.
               

CAPÍTULO TERCERO: LA BÚSQUEDA


 Subí del sótano y empecé a buscar en el despacho-biblioteca de mi querida tía.
Iba a ser una tarea dura, no sabía por dónde empezar... Seguramente habría algo en su mesa. Me dediqué a abrir cajones y a leer todos sus documentos, tenía que encontrar algo que se refiriese al sótano. ¿Pero qué sería? ¿Sabría yo distinguirlo? ¿Y si me comunicara con ella? ¡Cuando una persona desea algo con fuerza, eso que desea termina convirtiéndose en realidad! ¿Me pasaría a mí? Lo deseé con todas mis fuerzas.
 Vacié los cajones del escritorio, nada de lo que allí había era interesante. Los volví a colocar en su sitio y noté que uno de ellos pesaba más que los otros. Lo toqué por todas partes, le di golpecitos, como hacen en las películas. No sonaba como los demás.
Me hice con un abrecartas muy bonito que había encima de la mesa. Fui metiendo la hoja por todas las hendiduras hasta que, ¡Eureka! Se abrió el fondo, donde encontré una antigua cartera de piel sobre la cual, grabada en oro, aparecía una palabra: «OLIMPO».
Me quedé anonadada. El contenido de la cartera eran pergaminos antiguos, con jeroglíficos en los que aparecían algunas palabras en griego. No entendía nada de nada.
Repasé cada pergamino y, entré ellos, encontré un sobre dirigido a mí.
Allí estaba mi nombre y era, indudablemente, la letra de mi tía. Ella me conocía, sabía que yo no desistiría hasta encontrar lo que me propusiera.
La carta decía lo siguiente:
“Querida sobrina:
Estarás fascinada con lo que te estás encontrando dentro de la casa. Todo tiene una explicación pero la tienes que encontrar tú solita, es un juego real, no como los que hacíamos cuando eras pequeña.
Tienes que encontrar la clave para poder entrar en las nueve puertas y que salga de ellas lo que corresponda a cada una. Sé que has abierto una por casualidad, pero ha predominado tu sensatez a la curiosidad. Haber entrado habría sido una gran catástrofe para ti.
Aunque hay nueve sillas y nueve letras, lo que tienes que descubrir está en la pared. Hay once números, dos de reserva, ya sabrás para qué o quiénes son.
Un beso muy fuerte y suerte.
Tu tía abuela.
Irene (que significa Paz).

Se me cayeron las lágrimas, pero tenía que ser fuerte y seguir adelante: se lo debía a ella, aquella mujer que, dentro de su fragilidad, era sorprendente y audaz.
Con los ojos llenos de ese agua salada, leí la posdata:
«Cada número corresponde a una o dos letras del alfabeto griego. Tienes que buscar la palabra clave que abra las puertas, no te equivoques y piénsalo bien. Debes de estar  en el sótano, en cuanto descifres el significado del enigma, se abrirán una por una las nueves puertas, por ese motivo debes estar allí en el punto exacto.
Yo no puedo ayudarte, solo te puedo decir una palabra «Guametría». ¡Suerte!

Miré el pergamino en el cual debía interpretar y descifrar aquel galimatías (me dije: «¡Adelante Hamadríades!»). Si, mi nombre es ese, un poco inusual, me lo puso mi tía, que era una enamorada de los dioses mitológicos y había leído y releído, La Iliada y La Odisea de Homero.
Hamadríades es una de las ninfas del bosque que viven en los árboles y representan el poder divino de los mismos.
Ella decía que yo era un árbol fuerte, que daba sombra protectora y acogía en mis ramas a todos lo que quisieran posarse en ellas (era deliciosa, mi tía, cuánto la echo de menos).
Los números 7-5-41-1-8-1-88-2-0-1-1 = 11. Sumaban once, como ponía en la carta.
Fui a la biblioteca: quería encontrar algún libro que hablase de números y letras.
        Busqué afanosamente pero, quizás por el nerviosismo que sentía, no vi ni encontré nada que me pudiera indicar el cómo y el cuándo.
Tenía que seguir. No me había dado cuenta que no había comido nada en todo el día, ya era casi noche cerrada y estaba un poco cansada.
Fui a la cocina, me hice una ensalada y un buen bistec para reponer fuerzas, lo necesitaba.  El día siguiente iba a ser muy duro, eso creía yo, y así sería.
Pensado en la palabra guametría, me quede dormida. En mi cabeza daban vueltas y más vueltas números y letras, las veía por todas las partes.
Mi sueño, que yo esperaba reparador, resultó una pesadilla: las nubes eran letras; los árboles, números; el agua, las sillas; los libros... Todo era un caos matemático.
Me levanté temprano, me duché y, al mirarme al espejo vi unas profundas ojeras, consecuencia de la noche que había pasado. No le di mayor importancia. Como soy muy coqueta, me acicalé un poquito y... ¡lista de nuevo para enfrentarme al enigma de las nueve puertas!
Así que fui poniendo a cada número la letra que creía que le correspondía. Empecé con las minúsculas, no salía ninguna palabra coherente; seguí, intercalando mayúsculas y minúsculas y, después de una agotadora mañana, terminé viendo números y letras por todos lados.
Subí a comer un poco, aunque no tenía mucha hambre, para seguir con el enigma que me había dejado mi tía. Bajé de nuevo al sótano y fui colocando las letras mayúsculas, hasta que la palabra mágica salió:
«Murciélagos».
Al pronunciarla en voz alta, el sótano se iluminó con una luz blanca con tonos azules, maravillosa y cegadora.
Siguiendo el orden de las letras de aquella palabra, «murciélagos», empezando por la eme, las puertas se fueron abriendo una a una,
Cogí la linterna y, armándome de valor, entré en la primera puerta:
«¿Adónde me llevará?»
Mientras me internaba en las profundidades, sentí cómo, a cada peldaño que descendía, mis pulsaciones iban en aumento. Cuando terminé de bajar las interminables escaleras, descubrí una cripta y nueve pasillos: no tenía ni idea de lo que significaban ni a dónde llevaban.
En esa «madriguera» de pasadizos había nueve puertas, parecidas a las de arriba. Cada una tenía un número identificativo, como las del sótano. En el centro del laberinto había un catafalco de madera y, sobre el mismo, un ataúd.
Quise dar la vuelta rápidamente y volver al sótano, pero la curiosidad fue más fuerte.
Me fui acercando con pasos lentos, sintiendo un poco de claustrofobia. El techo no era muy alto y el aire estaba muy cargado, con olor a rosas.
Cuando ya estaba cerca del ataúd pude observar que en la tapa,  en la parte correspondiente a los pies, estaba dibujada la estrella de nueve puntas. Fui dirigiendo la mirada, tímidamente, a lo largo de la caja y... no podía creer lo que estaba viendo a través del pequeño cristal.
Subí rápidamente las escaleras. Me ahogaba, no podía respirar, mis ojos se llenaron de lágrimas. Llegué al sótano y me senté en la silla número once. No sé si por casualidad, aquella fue la primera que encontré.
Entonces, de repente, fueron saliendo unas figuras traslúcidas, personajes mitológicos que se sentaron alrededor de la mesa, en las sillas correspondientes.
Faltaban dos, tal y como me había dicho mi tía. ¿Quiénes serían? No entendía nada. Me disponía a hacer un montón de preguntas que estaban en mi mente, cuando se abrió otra puerta, que yo no había visto antes, y salió ella, Irene. Me cogió de la mano y me dijo: «Hamadríades ya es hora que vuelvas al Olimpo».  Yo quería abrazar a mi tía, pero era transparente como una gota de agua pura, no la podía tocar, solo verla y hablar con ella, igual que con los otros invitados.
¿Sería yo una diosa? «Por favor, qué pregunta tan tonta. Si fuese una diosa no me habría costado tanto terminar una carrera y situarme. Esto tendrá una explicación».
Ya que tenia a todas aquellas deidades a mi alcance, aprovecharía la ocasión para preguntarles todo lo que quería saber.
¾No te asustes pequeña ¾oí decir a mi tía¾. Ellos, mis amigos, los dioses del Olimpo, me dieron sepultura en donde yo quería estar: en mi casita. Y tú vendrás dentro de poco con nosotros, es tu destino.
No salía de mi asombro. Yo no quería morir, era muy joven, tenía una larga vida por delante y se lo hice saber al espíritu de mi tía.
Ella no me contestó, solamente elevó la mano izquierda y, al instante, se levantó un viento huracanado que llegaba desde otra dimensión... Entonces apareció el Minotauro, pensé que ya no existía, que lo habían matado. En la mitología nada muere, todo es imperecedero.
Se dirigió a mí con pasos rápidos, yo eché a correr hacía las escaleras de subida a la casa. Su boca babeaba, estaba dispuesto a tragarme enterita: hacía mucho tiempo que no veía carne fresca. Me alcanzó en el primer escalón y me arrastró hacía el centro del sótano, me cogió en sus fuertes brazos y me depositó encima de la gran mesa.
Todos me miraban y sonreían. En ese instante creo que me desmayé, del miedo que tenía.
El Minotauro, muerto por Teseo con la ayuda de la hermanastra del primero,  quien ayudó a Teseo a salir del laberinto, con un cordel que habían atado a la entrada del mismo. Pobre, él no tuvo la culpa de que Poseidón regalara al rey Minos un toro blanco, bellísimo, para que lo sacrificara en su honor.
Minos quedó prendido de la belleza del toro y sacrificó otro toro en su lugar. Al enterarse, el dios del mar se puso muy furioso, hizo que la bella esposa de Minos se enamorase perdidamente del animal, ésta pidió a Dédalo que le construyera un disfraz de vaca, con el fin de consumar el amor que sentía por el animal. Y Dédalo le diseño un disfraz tan perfecto que, fruto de la cópula de Parsifal con el toro, nació el Minotauro, un híbrido con cuerpo de hombre y cabeza y rabo de toro. Minos, antes de encarcelar a Dédalo por traición, le obligó a diseñar el célebre laberinto donde viviría por siempre el Minotauro. El pobre monstruo se alimentaba, una vez al año, con carne humana. Y no cualquier carne, tenia que ser de doncellas y hombres jóvenes. Menos mal que, supuestamente, lo mató, porque habría terminado con la juventud del Olimpo.
Cuando me desperté estaba sentada en la silla número once, junto a la de mi tía, y en el brazo izquierdo tenía tatuada una estrella de diez puntas. En la silla número diez, mi tía abuela sonreía.
¾No puedes escapar a tu destino, querida.
Desde entonces, seguí bajando al sótano todas las noches. Fui conociendo más profundamente a Eros, a Gracia, a Ostreo, a Horas, a Arclepio... Me contaron que habían llamado al Minotauro porque era el único que podía tocarme.
Mi tía, quien quería que me involucrara en sus creencias, lo había conseguido: me fascinaron las diosas y los dioses, aunque aquello no dejaba de ser una fantasía, y yo estaba en el mundo de los vivos, eso es lo que cuenta.
 Viví una semana alucinante, llena de sorpresas maravillosas. Me despedí de mi tía y de sus dioses mitológicos. En ese instante se cerraron a cal y canto las nueve puertas; el sótano volvió a su «normalidad».
Antes de que  las puertas se cerrasen, todos me dijeron que me esperarían con ansiedad. Mi sitio era estar con todos ellos en el Olimpo. Yo era el poder de los árboles y me necesitaban. Eso me dio qué pensar.

Las vacaciones llegaban a su fin, subí a mi cuarto, preparé las maletas y llena de nuevas sensaciones partí para mi ciudad, a encontrarme con la cruda realidad. Cargué el coche con todos los bultos y cerré la puerta con llave. Eché una última mirada a la Casita, ¿volvería nuevamente?
No lo sé, tal vez, cuando vislumbre mi vejez, si sigo soltera, puede que vuelva. Si tengo hijos les contaré la aventura y tal vez les traiga; puede que a ellos no les interese tanto como a mí o puede que sí. La ilusión y la fantasía no pueden morir nunca, son el motor de nuestra mente y de nuestro espíritu. Me toqué instintivamente el brazo donde tenía tatuada la estrella de nueve puntas.
Cuando llegué a mi pequeño apartamento, casi no lo reconocía: tenía la sensación de que había pasado mucho tiempo fuera; era otra persona, ¿qué me había pasado? No lo sé, ni lo sabré jamás.
Me duché, deshice las maletas y me acosté.

Abuela Ángela.  8 de octubre 2003.

lunes, 6 de noviembre de 2017

VV.AA Cuentos Hebreos Contemporaneos

                                                  


El lenguaje hebreo moderno y la literatura han jugado un importante papel en configurar la identidad judeo-israelí en el estado de Israel. Un breve recorrido histórico revela la interacción entre literatura y el desarrollo de la identidad nacional.
La moderna literatura hebrea es una literatura inquieta y retadora. Es la tarjeta de identidad cultural de una nación en evolución, que refleja y conforma su memoria cultural y se implica en la condición humana universal.
S. Y. Agnon, A. B. Yehoshua, A. Kahana-Carmon, Y. Hendel, C. Tammuz, Amos Oz, Ruth Almog, Savyon Liebrecht y Etgar Keret son los autores incluidos en esta antología.

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BRASAS DE AGOSTO Luis Mateo Diez


Era don Severino. Tuve de golpe la certeza de que era él aunque algo raro desorientaba su rostro en la fugaz aparición medida en el instante que tardó en pasar ante el ventanal de la cafetería, a cuya vera estaba yo sentado con el periódico en la mano derecha y la copa en la izquierda. 
La súbita emoción del reconocimiento me dejó paralizado, pero reaccioné en seguida. De pronto se agolparon los recuerdos y aquella inmóvil y aletargada tarde de agosto comenzaba a remover sus estancadas aguas. 
Salí a la puerta de la cafetería y le observé caminar de espaldas, apenas unos segundos, antes de llamarle. En ese momento iba a dar la vuelta a la esquina, y giró la cabeza con un sobresalto que llegó a paralizarle. 
Entonces supe que era definitivamente él, y que lo que desorientaba su rostro no era otra cosa que la calva galopante que había barrido su frente hacia las alturas, dejando como dos abultados mechones en los laterales. 
-¿Cervino? -comenzó a preguntar mientras se acercaba, tras un instante de desconcierto-. Eres Cervino -corroboró, contagiado por la sonrisa con que yo confirmaba su descubrimiento. 
-Soy Cervino, don Seve -le dije, tomando entre las mías su mano temblorosa, que parecía dudar en tenderme. Y algo de aquel escurrido sudor del confesionario reverdeció en su palma como una huella cuaresmal. 
Nos sentamos en la cafetería y hubo un largo momento previo en el que nos estuvimos requiriendo torpemente, con esas atropelladas informaciones de quienes todavía no superaron la sorpresa de un encuentro tan inesperado, incapacitados para retomar sin mayores dilaciones la antigua confianza que acaso el tiempo diluyó. 
-Diez años -confirmaba don Severino, como si de repente hubiese tomado conciencia exacta de su ausencia. Y yo le observaba, respetando los silencios en que se quedaba momentáneamente abstraído, viendo tras el ventanal la fuente esquilmada de la plaza, la lluvia de fuego que barría las aceras esparciendo las pavesas de polvo. 
Había pedido un coñac con hielo, que era lo que yo tomaba, y me agradecía que le hubiese llamado: en realídad había sucumbido a la tentación de un regreso efímero, apenas unas horas entre un tren y otro tren, convencido de que nadie en la ciudad iba a reconocerle, tal vez llevado por alguna de esas amargas nostalgias que son como espinas que hay que arrancar. 
-Y ya ves -decía-, una tarde como esta que no hay quien se mueva, tantos años después, y sólo hago que llegar y alguien me llama a la vuelta de la primera esquina. 
-Yo soy de los que la familia abandona todo el verano. Y aquí me quedo escoltando esta ciudad vacía. Pero no se crea que me quejo. El despacho me lo administro a mi aire. 
De aquellos diez años llevaba don Severino casi siete en Puerto Rico, de profesor en la Universidad de San Juan. Regresaba ahora, por vez primera, para participar en un Congreso y dispuesto a tentar alguna cosa para poder quedarse en España. Era una información que coincidía vagamente con lo que yo sabía, con lo que en la ciudad se había comentado en los meses que siguieron a la huida. 
-Llega un momento en que hay que decidirse: o te quedas o vuelves. No hay nada peor que ir dejando pasar el tiempo sin resolver. Se engaña uno a sí mismo. 
Repetimos las copas. Aquella inmediata imagen de don Severino, discreto en su atuendo veraniego, coronado por la calva, el vientre bastante pronunciado, tan sonriente y apacible como en tantas tardes de latín y filosofía en la Academia Regueral, se mezclaba en el asalto del recuerdo con su figura más espigada, juvenil, siempre con la dulleta impoluta, la teja en la mano como un engorroso objeto que hay que transportar por obligación, una escueta elegancia especialmente vertida en los largos y solitarios paseos dominicales. 
-Me apetece dar una vuelta por ahí -dijo al cabo de un rato, y pude entender con facilidad que me estaba pidiendo que le acompañara. 
-Todo sigue lo mismo -comenté, invadido por cíerta sensación de apuro, como si de pronto presintiese que la casualidad de aquel encuentro me conduciría en seguida a la irremediable complicidad de las confidencias.  
Don Severino vació la copa e hizo tintinear el hielo en el cristal antes de depositarla en la mesa. 
-Solo no voy a perderme, Cervino -confesó-, pero después de tantos años se agradece que alguien te eche una mano. No sabes lo que me alegra volver a verte. 
Me había palmeado el brazo cuando salimos al resplandor polvoriento de la hoguera, y yo sentí el gesto paralelo de su saludo en aquellos años enterrados, y hasta pude resucitar el aroma de alguna discreta lavanda en el tejido de la sotana. 
-¿Qué es de mi hermano? -inquirió, dejando resbalar la pregunta cuando comenzábamos a caminar por la acera abrasada. 
-Doro sigue con lo suyo. Apenas le veo. 
-Vamos hasta la ferretería -decidió. 
Me detuve un instante, lo justo para que él percibiese la mezcla de indecisión y temor, lo justo también para que yo me reconociera, una vez más, como tantas en mi vída, en esa situación de indefectible embarcado que tan vanamente orienta mi destino. 
-No quiero verle ni hablar con él -dijo don Severino, volviendo a palmearme el brazo-. Sólo pretendo echarle una ojeada, aunque sea de lejos, a la ferretería, Y a ser posible darle un beso a Luisina. 
Avanzó unos pasos y metió las manos en los bolsillos del pantalón, al tiempo que alzaba el rostro como para distinguir el perfil aéreo de las viejas casas de la plaza entre las llamas. Recordé la torcida indignación de Doro en tantas noches alteradas, por las cantinas donde maltrataba la úlcera. Aquellas maldiciones al hermano huido que había sembrado de ignominia a toda la familia. Aunque las últimas borracheras de Doro, que yo conocía, databan, por lo menos, de hacía seis años. 
-Don Seve -le llamé, sin salir de mi indecisión-, yo no sé de lo que usted está al tanto. Son diez años los que han pasado. 
Me miró con un gesto comprensivo y desolado, como dando a entender que la medida del tiempo, y las desgracias que podían envolverlo, estaban aceptadas con el mismo designio de la ausencia y la distancia irremediables. 
-Sé que mi madre murió al año siguiente de irme. Doro encontró el medio de comunicármelo. No iba a privarme de la amargura que me podía causar la sospecha de que yo la había matado de pena. 
-Luisina también falleció. Hace tres años -le informé resignado. 
La mirada de don Severino quedó suspensa en un tramo de recuerdo que hendía el dolor como un cuchillo frío en la sorpresa de la tarde calcinada. Presentí entonces la figura yerta de la niña anciana en los ojos fugazmente nublados que sorteaban una lágrima inútil, aquel ser arrumbado en el destartalado cochecito, con los brazos caídos, las manos diminutas arrastradas por la tarima, la enorme cabeza vencida hacia atrás, la saliva reseca en la comisura de los labios. Un latido violento minaba el corazón de don Severino. 
-Vamos a tomar otra copa -propuso. 
-El Arias está cerrado -señalé con cierta inconsecuencia-. Habrá que subir hasta el Cadenas. 
Apostados en la barra del Cadenas, que preservaba una rala penumbra aprovechada por algunos soñolientos jugadores, bebimos despacio el coñac con hielo, y yo respeté aquel silencio apesadumbrado de don Severino, que parecía recorrer los últimos trechos de una memoria urgente, en la que palpitaba la inocencia y el dolor de la hermana enferma, el margen ya estéril de la ternura aplacada amargamente por la muerte. 
Dio unos pasos hasta la puerta del Cadenas con la copa en la mano, y asomó al reducto de los soportales. Sólo el empedrado se salvaba de la mano afiebrada que transmitía su calentura hasta el pergamino de la caliza gótica. La catedral brillaba como una patena arrojada a la lumbre. 
-Todavía sigue Longinos de sacristán? -me preguntó. 
Le dije que sí, que Longinos estaba contagiado del mal de la piedra que era, como él decía, una especie de lepra que al tiempo que le destruía le iba convirtiendo en estatua, una imagen fósil que serviría para sustituir a cualquiera de los santos carcomidos del pórtico. 
-Hazme un favor, Cervino -me pidió-. Dile que nos abra la catedral y que nos deje la llave del coro. Sabiendo que es para mí no va a negarse. 
Rescatar a Longinos de la siesta fue una tarea bastante complicada. Explicarle que don Seve había vuelto y quería entrar en la catedral, resultó casi imposible. La pétrea sordera de Longinos era, por el momento, el dato más elocuente de su transformación en estatua. Pero cuando, rezongando y arrastrando las zapatillas y haciendo sonar el manojo de llaves, llegó conmigo a la puerta de la sacristía, donde don Severino nos esperaba, se detuvo un momento, inquieto, y luego, medio lloroso, avanzó hacia él y, sin que don Severino pudiese evitarlo, buscó su mano y la besó repitiendo alguna ininteligible jaculatoria. 
Seguí a don Severino, que había cogido la llave del coro, por la nave lateral, después de dejar a Longinos entretenido en los armarios de la sacristía, mentando el peligro de que don Sesma, el deán, pudiera enterarse. 
Un frescor luminoso inundaba el abismo. El silencio se agarraba en el vacío sagrado. Tuve la sensación de que de pronto me encontraba perdido en un bosque submarino de arcos vegetales, de frondas cristalinas, y me percaté de que el coñac comenzaba a hacer efecto, acaso porque el ritmo de mis copas cotidianas se había acrecentado y anticipaba algún grado mayor de irrealidad. 
Entonces me di cuenta de que don Severino había desaparecido. Fui a la nave central y miré hacia el coro. El silencio se rompió con un estrépito de música ronca, como si desde los desfiladeros manase de repente un arroyo desprendido como una cascada. 
El órgano alzó en seguida la suavidad casi hiriente de las tubas, un sostenido clarinazo que parecía jugar con sus propios ecos en el interior de la caverna. Y rápidamente la melodía apasionada me hizo localizar la figura de don Severino, tendida sobre los teclados, como la de un pájaro que de nuevo encontrase el amparo en el nido que abandonó. 
Entré en el coro y me acerqué despacio. La música crecía como un vendaval, se abría en salvas por los arcos enhiestos, invadía la sombra votiva de las capillas. Me senté cerca de don Severino, que parecía concentrarse cada vez con mayor intensidad en el arrebatado concierto. Le observé alzar el rostro con los ojos cerrados, permanecer quieto, como perdido en la inspiración o en el recuerdo, mientras sus manos se movían tensas sobre las teclas. Y en un instante, cuando la música recobraba una huidiza suavidad de delicados murmullos, vi como su barbilla se hundía y de los ojos entrecerrados brotaba una lágrima apenas perceptible. 
En los aéreos vitrales, teñidos por el dibujo de las engarzadas florestas, reverberaron las brasas de agosto, y yo sentí cómo la cabeza me daba vueltas, acompasada a un vértigo fugaz de lluvia sonora. 
-No había vuelto a tocar desde entonces -me dijo don Severino al cabo de un rato-. Las manos ya no responden lo mismo. 
Regresamos al Cadenas. Pedimos otra copa. Don Severino bebió un largo trago, como si necesitara ahoga algo con urgencia. Yo miraba el hielo flotando en el coñac, convencido de que la tarde iría desapareciendo, tras el rastro de alcohol, hasta algún punto perdido del oscurecer y el sueño, porque todo estaba cada vez más desvanecido a mi alrededor. Bebí a su lado y repetimos, las copas y le seguí a la mesa más cercana de la puerta, donde llegaba el aliento quemado de la calle. 
-Tengo que ver a Elvira -musitó de pronto, como si hablara exclusivamente para sí mismo. 
La copa me tembló en la mano. 
-¿Está bien? -quiso saber, y yo fui incapaz de alzar los ojos, de atender lo que en seguida se convertiría en una súplica. 
-Tienes que ayudarme, Cervino. 
El recuerdo minaba ahora mi corazón, porque yo había vivido muy intensamente aquella historia, como todos los que estábamos socorridos por el amparo de su figura, l 
-Se casó con Evencio -dije-. Lleva la farmacia de su padre. 
-A ella también le apetecerá verme -aseguró don Severino- Nunca pude olvidarla -confesó después apurando la copa. 
Elvira Solve tenía mi edad. Había frecuentado nuestra pandilla, aunque nuestras verdaderas amigas eran sus primas Cari y Mavela. El amor secreto del padre espiritual y de su dirigida había estallado entre la indignación y la vergüenza, complicado por la huida y el largo tiempo en que nada se supo del paradero de la pareja. Elvira regresó y los años fueron echando tierra sobre aquella desventura juvenil. 
-Me dijiste que estabas solo, que tu familia te abandona por el verano -comentó don Severino. 
-Así es. 
-Tienes que ir a avisar a Elvira, tienes que dejar que nos veamos en tu casa. Por nada del mundo querría comprometerla. 
Su voz contagiaba la súplica y la desesperación, como guiada por una necesidad acuciante que nadie podía desatender. Su mano me palmeaba el brazo, y yo seguía mirando el fondo, de nuevo vacío, de la copa, todavía lejos de comprender lo que estaba proponiendo. 
Conduje a don Severino a mi casa. La tarde iba cediendo hundida en el polvo, y la atmósfera de las calles me parecía enrarecerse, como dominada por un humo de gasas y hervores. Flotaba en el camino incierto de las aceras, persuadido ahora de la inaplazable necesidad de tomar otra copa, porque la encomienda de don Severino me llenaba de recelo, y la dirección de la farmacia, donde iba a encontrar a Elvira Solve, orientaba mis pasos con mayor seguridad y rapidez de lo que me hubiese gustado. 
-Esto jamás podré pagártelo, Cervino -me había dicho don Severino, y yo había recordado las vigilias cuaresmales, el aroma de un cirio cuya cera derretida me abrasaba la yema de los dedos. 
Cuando pude hablar con Elvira Solve tuve la sensación de que las palabras iban a fallarme, pero ese esfuerzo envarado de quien necesita disimular el alcohol, componer dignamente el gesto propicio, me fue suficiente, y hasta me sentí dotado de una escueta elocuencia. 
-¿Está allí? -recuerdo que me preguntó incrédula. Y vi en sus ojos el reguero sentimental de los años por donde nuestra juventud había discurrido, y percibí una amarga melancolía, casi capaz de desterrar por un momento la nube de alcohol, de rescatarme en la emoción viva y espesa de la derrota del tiempo y de la vida, del dolor de todo lo que no pudo ser. 
Fui a cobijarme en la cantina más cercana, casi enfrente de mi casa. Elvira me había acompañado sin hablar apenas. 
-Gracias, Cervino -me dijo, cuando la dejé en el portal. 
En aquella larga espera, más de dos horas estiradas sobre el borde de la tarde y el oscurecer inmóvil, la memoria y el sueño me fueron envolviendo y logré demorar las copas lo más posible, aunque nada quedaba de real en aquel estrecho refugio de ventanas mugrientas, cascos apolillados y barriles de escabeche. 
Tuve la aletargada conciencia del centinela perdido en la guardia como un objeto oculto, pero luego comencé a preocuparme, a considerar mi absurda situación en aquel asunto, el repetido trance de verme embarcado siempre en algo ajeno que me acabe involucrando más allá de lo debido. 
Entonces volví a acelerar las copas y cuando el tiempo se me hacía ya insufrible decidí subir a buscarles. 
En el fondo oscuro del portal, Elvira y don Severino estaban abrazados. A pesar del ritmo vacilante, de la difusa percepción, del sentido desorientado que me haría navegar, ya sin remedio, como una gabarra a la deriva, pude guarecerme discretamente, porque entendí que aquellas sombras estrechadas, a las que escuchaba sollozar, alargaban la irremediable despedida. 
Fui a la zaga de don Severino, incapaz siquiera de mantener el gesto envarado que disimulara mi situación. Tropecé en algún bordillo, sorteé con dificultad una motocicleta. La noche se aposentaba como una ruina lenta. El hombre parecía un huido de esos que se consumen extraviados, que no saben reposar más allá de su obsesión. 
-Tú me entiendes, Cervino -me decía, temblándole la copa en la mano derecha y golpeando con la izquierda la barra del bar-. Sabes lo que fue mi vida. 
Y yo asentía, casi a punto de derrumbarme. 
-Sabes de sobra que de mi vida no queda nada -confesaba, vaciando la copa y pidiendo otra-. Sólo ella. Elvira. 
No sé lo que duró aquel recorrido que nos metía en la noche con el azogue de las sombras caldeadas. De algún bar nos echaron porque don Severino comenzó a romper las copas. Yo iba por un túnel del que únicamente tenía certeza que no se podía regresar, y escuchaba la reiterada confesión de un amor desgraciado, de un amor en el que se comparte el perdón y la culpa, el prohibido sentimiento del espíritu y la carne que aquel hombre evocaba golpeándome la espalda, haciéndome tambalear penosamente. 
-Tantas miserias como yo absolví, Cervino -me decía, con ese gesto de quien recuerda un pasado inadvertido del que sólo él tiene el secreto, e intentaba guiñarme un ojo como para ampliar la complicidad y la suspicacia. 
Arribamos a la estación y todavía con cierto equilibrio recuperó don Severino una maleta en consigna. Yo no distinguía la esfera luminosa del reloj, que campeaba sobre el andén vacío, sólo un borroso y movedizo fogonazo blanco y redondo. 
-Quedan cinco minutos, Cervino -me indicó-. Lo justo para tomar la última en la cantina. 
Pero la cantina estaba cerrada y los esfuerzos de don Severino por abrir la puerta resultaron inútiles. 
-Nos conformaremos con lo que llevamos puesto -afirmó resignado-. ¿ crees que todavía no tenemos bastante? 
-Yo sí, don Seve -dije convencido. 
-Te veo borracho, Cervino. Del alcohol hay que cuidarse casi tanto como de las mujeres. 
Llegó el tren. Don Severino cogió la maleta, me miró, volvió a dejarla en el suelo y se abalanzó sobre mí para darme un abrazo. Nos sujetamos con dificultad, a punto de caer desplomados.  
- La quiero, Cervino, la quiero -me dijo entonces al oído con la voz tomada por la emoción. 
Le ayudé a subir la maleta después de dos o tres intentos fallidos. Le vi caminar por el pasillo. El tren iba a arrancar. En seguida volvió a la ventanilla. Di unos pasos para acercarme. Don Severino intentaba abrirla pero no lo conseguía. El tren se ponía en marcha. Entonces logró bajar el cristal y asomó sacando las manos. No pude distinguir ya el gesto de su rostro, acaso el resplandor de una lágrima desgajada de la emoción alcohólica. 
Alzó la mano derecha mientras el tren se iba y me bendijo haciendo la señal de la cruz. Yo acababa de caer de rodillas en el suelo y me santigüé con el mayor recogimiento.

miércoles, 25 de octubre de 2017

MOSCAS Y ARAÑAS Adolfo Bioy Casares

Se casaron por amor. Raúl Gigena no creía que hubiera en el mundo un lugar tan seguro como la casa paterna, pero Andrea, su mujer, le dijo que para nunca perder ese amor deberían vivir solos. Como no quería contrariarla, resolvió dejar la provincia, lanzarse a la aventura. Obtuvo, por medio de un pariente que trabajaba en una bodega, un corretaje de vinos; retiró del banco los ahorros y partió, con Andrea, a Buenos Aires. En cuanto llegaron, quiso comprar una casa, en parte para complacer a Andrea, en parte para invertir razonablemente el dinero: por aquellos tiempos decía que rara vez recuperamos lo gastado en alquileres y pensiones. No conocían a nadie, descubrían la ciudad, eran jóvenes, estaban enamorados: la busca de la casa les dejó recuerdos felices. Encontraron, en Ramos Mejía, una antigua cochera, a la que fácilmente hubieran convertido en una vivienda muy satisfactoria; había sido una dependencia de la quinta de no sé quién; se vendía con un pequeño jardín, adornado por un naranjo, notablemente perfecto, que estaba entonces cubierto de azahares. Durante ocho días hablaron de la cochera, de las reformas que introducirían, de cómo se instalarían allá; el precio que les pedían era alto, pero Raúl iba a aceptarlo, cuando le ofrecieron en la calle Crámer, a pocos pasos de la estación Colegiales, un desolado caserón, en condiciones que él mismo calificó de tentadoras. 

Lo que decidió por fin la balanza en favor del caserón fue que sus muchos defectos ocultaban otras tantas ventajas. La vista, sobre las vías, no era alegre, y el continuo paso de trenes aparejaba ruidos, un estremecimiento, a los que debía uno acostumbrarse; pero, examinadas con ecuanimidad, estas molestias, ¿no equivalían a una suerte de mensaje cifrado, que revelaba al comprador una verdad valiosa: usted no tendrá dificultades para viajar al centro ni para volver? En cuanto al aspecto deprimente del edificio, constituía otra circunstancia meritoria, ya que sin duda contribuiría a moderar el precio de tan considerable cantidad de metros de terreno, situados en lo mejor de la capital. 
Andrea se dejó persuadir por las razones de su marido; no volvió a recordar la cochera de Ramos Mejía; sólo pensó en arreglar el caserón. Explicaba: 
-Arreglaremos una parte, no más, pero esa parte la cambiaremos del todo. No deben quedar rastros de los que vivieron aquí. Vaya uno a saber qué fluidos nos mandan. 
Aunque se acomodaron en tres habitaciones y clausuraron las otras, gastaron bastante dinero. Los cuartos que ocupaban eran muy agradables, pero la sola existencia de los demás, cerrados y vacíos, acongojaba a Andrea. No tardó Raúl en poner remedio. 
-Comprendo lo que sientes -dijo-. Es como si viviéramos en una casa habitada por fantasmas. Creo que di con la solución. Recibiremos, por un tiempo, unos pocos huéspedes. No habrá más cuartos vacíos, que es lo principal, y nos resarciremos del gasto. 
Subieron sus cosas al piso alto; el bajo lo dedicaron a los pensionistas. Andrea se resignó. Ya no estarían solos, pero compartir la casa con los desconocidos que depara la suerte no es como compartirla con gente de la familia, que se cree con derecho a dirigir nuestras vidas y a opinar sobre todo. Siguiendo prolijas recomendaciones del marido, Andrea manejaba económicamente la pensión. Muy pronto obtuvieron una renta elevada. El mérito no correspondía exclusivamente al espíritu organizador y ordenado de Raúl; ella había arreglado los cuartos de manera admirable, descollaba como ama de llaves, como cocinera y (acaso lo principal) era una mujer encantadora; por la suavidad, por la juventud, por la belleza, atraía a cuantos la trataban; de carácter parejo, no se quejaba nunca, si bien alguna vez reprochó a Raúl: 
-Me dejas demasiado tiempo sola. 
El día en que su marido cumpliera la promesa de renunciar a los corretajes de vino, por las tardes no tendrían que separarse. Aunque ya no los necesitaban -la pensión era un buen negocio- a Raúl le dolía abandonarlos, porque producían entradas cuantiosas. Buscando la conformidad de Andrea, explicaba: Es plata que obtengo sin esfuerzo. En este punto mentía, pues noche a noche regresaba rendido por el cansancio, y cuando por fin se echaba en cama, al lado de su mujer, inmediatamente quedaba dormido. No lo imaginemos como a un hombre impaciente por apurar su infortunio; nos consta que era feliz. 
El primer pensionista que tomaron fue Atilio Galimberti, el atildado Atilio, según la popular fórmula de otro cliente de la pensión, llamado Hertz. Moderadamente joven, bien parecido, Galimberti trabajaba en una tienda, dos veces por semana jugaba al tenis, a todas luces gravitaba en el sindicato y gozaba, en el barrio, de fama de don Juan (con intención irónica, apuntaba Hertz: Es un león para las damas). Que Galimberti, en trance de colgar las fotografías de sus admiradoras, hubiera estropeado con clavos el papel de las paredes, era un hecho que Andrea no se avenía a perdonar. El culpable comentaba: 
-Toda mujer es lo mismo. A la patrona le pica que las fotos no sean de ella. 
Por su parte, Raúl la azuzaba: 
-No permitas que ningún pensionista, ni otro bicho viviente, te ponga el pie encima. Este mundo se divide en moscas y arañas. Tratemos de ser arañas, que se comen a las moscas. 
-¡Qué horror! -exclamaba Andrea. 
Poco después llegó el doctor Mansilla: hombre robusto, de piel oscura, de bigotes caídos, muy criollo, que declaraba ser médico, haber practicado la herboristería y negar de plano la tesis de que más allá del átomo no hay nada. Como su lema era Siempre hay algo más, diariamente se trasladaba, en tren, a Turdera, donde recibía lecciones de un yogui, que tiraba las cartas, interpretaba los sueños, adivinaba el porvenir. 
Se sucedieron por entonces algunos pensionistas que partieron pronto, a quienes los otros calificaron, duramente, de golondrinas. 
Una fría mañana de septiembre, en su silla de ruedas, empujada por un jovenzuelo, entró en la casa la señorita Helene Jacoba Krig, acompañada de un perro de aguas. Sin tocar el timbre, el muchacho avanzó hasta el hall, abandonó ahí su carga, se fue, dejando la puerta entreabierta: nadie, en el barrio, volvería a verlo. La señorita tenía el cabello rubio, los ojos azules, extrañamente juntos, la piel rosada, la boca grande, los labios rojos, movedizos, que descubrían dientes irregulares y mucha saliva; era paralítica, de más de sesenta años, holandesa, traductora de profesión. 
Raúl se vio en la obligación de recibir a Helene Jacoba Krig, con estas palabras: 
-Me desagrada rechazarla, señorita, pero usted debe reconocer que yo me debo a mi casa y que el perro es un bicho antihigiénico, perjudicial para la propiedad. 
-Si lo dice por Josefina -replicó la señorita Krig- se equivoca. Usted no tendrá quejas. Para su tranquilidad, le haré una demostración. 
La señorita miró a la perra Josefina. Casi en el acto, el animal se irguió en las patas traseras y caminando animadamente, salió por la puerta; luego regresó. 
-¿Cómo consiguió eso? -preguntó Raúl, admirado. 
Helene Jacoba volvió hacia él aquellos ojos tan juntos, a la vez firmes y dulces, y sonrió con la boca mojada. Por fin respondió: 
-Con paciencia. ¿Lo creerá usted? Al principio la perrita no me quería. Al principio nadie me quiere. Poco a poco la conquisté. ¿Descubriste algo en mí, no es verdad, Josefina? 
Raúl pensó rápidamente que le contrariaba negar hospitalidad a una anciana paralítica y que si la admitía comerían, de su bolsillo, dos bocas. Destinó, para los nuevos pensionistas, una habitación de la planta baja, por la que fijó un precio especial. 
Si no me equivoco, la aparición del matrimonio Hertz coincidió con los primeros sueños de Raúl. Sobre esta pareja -vivían a la vuelta y después del arreglo con los Gigena empezaron a almorzar y a comer en la pensión- había opiniones contradictorias. Para algunos, el viejo Hertz, señor irritable e irónico, insufriblemente orgulloso de su puesto de cajero en una confitería de la calle Cabildo, no era una simple víctima, sino la cabal expresión del marido desdichado. Desde luego, Magdalena Hertz parecía demasiado joven para él. Bastante linda, muy aseada en su persona, descuidaba la casa, no lavaba la ropa, tendía las camas una vez por semana, obligaba a su marido, hasta el arreglo con los Gigena, a desayunar, a almorzar y a cenar en la lechería. Siempre estaba apostada en la puerta de calle, con los brazos cruzados (¿alguien vio brazos tan curvos?), mirando negligentemente a los transeúntes, con esos ojos desmesurados; pero como dije, las opiniones eran contradictorias, no faltaban quienes denunciaran al marido como el típico viejo sinvergüenza, que embauca a una mujer joven, por no decir a una menor, y la lleva de la mano al matrimonio. 
-Bonito matrimonio -habría observado Galimberti-. El confitero come pechuga de cuarenta días y todavía se queja en Belgrano Deutch. 
Con el tiempo, este mundo de la pensión desarrolló caracteres análogos a los de cualquier familia; pero la prevención de Andrea sobre el peligro para la felicidad de no vivir solos, no se cumplió, por lo menos hasta mucho después que Raúl, sin motivo aparente, empezara a soñar. Raúl no estaba dispuesto a dar importancia a los sueños que sobre él se cernían, como guiados por un sobrenatural propósito de persuadirlo; porque se repetían y porque venían de lo desconocido, la tentación de ver en ellos una revelación hubiera sido irresistible para un hombre menos fuerte. La verdad es que finalmente el mismo Raúl dudó. Procuró entonces que Andrea no advirtiera nada, pero aun el disimulo es perceptible. La espiaba, trataba de sorprenderla. Durante el día, los actos de su mujer le probaban que ésta era una muchacha noble y leal; de noche, los sueños le revelaban una Andrea muy distinta; alguna vez, al despertar, mirándola con extrañeza, murmuró: Duerme como una hipócrita. 
Para permanecer en casa las veinticuatro horas, pensó Raúl seriamente en abandonar el corretaje de vinos. De las interminables tardes que pasaba afuera, regresaba malhumorado, con la desconfianza exacerbada. Ahora casi nunca era afectuoso con su mujer, y cuando lo era -como la noche en que la sorprendió, arreglando una lámpara, con Galimberti- un leve cambio en el timbre de voz denotaba insinceridad. Pocos días después ocurrió el primer incidente desagradable. De vuelta del almacén, Andrea pasó frente a la casa de Hertz, donde halló a Magdalena, en la puerta. Conversaron un rato, y Andrea se dejó llevar -lo que era bastante insólito- a las confidencias. 
-No puedo adivinar la causa del cambio -decía-, pero ha cambiado. 
-Usted que lo conoce -preguntó, interesada Magdalena-, ¿lo cree capaz de fijarse en otra mujer? 
-¿Por qué no? 
-Tiene razón. Nunca pensé. Qué boba -comentó Magdalena, entornando los ojos. 
-A veces parece que va a decirme todo, pero de pronto se calla, como si no se atreviera. Vaya uno a saber qué le pasó, pero ha cambiado. Me aborrece, el pobre no puede evitarlo, aunque por bondad de alma y compasión quiera disimular. 
En eso apareció Raúl; saludó apenas a Magdalena y se llevó a su mujer, apretándole brutalmente un brazo. Caminaron en silencio, hasta que por fin, Raúl, sin gritar, con una voz cargada de pasión, dijo: 
-No son horas para comadrear en la calle con una vecina de fama dudosa. 
Andrea no respondió; en su mirada había perplejidad y desconsuelo. 
Ciertamente, Raúl había cambiado. Él mismo lo sentía. Cumplía los corretajes automáticamente, pensando en Andrea, pensando en la Andrea que le mostraban noche a noche los sueños. A veces quería alejarse, no volver a verla, olvidarla; otras, planeaba castigos y, con poca sinceridad, se imaginaba abofeteándola, aun matándola. 
En una peluquería, hojeando revistas, tropezó con esta frase: Las preocupaciones que uno calla son las peores. Por timidez no la recortó; estaba seguro, eso sí, de haberla grabado fielmente en la memoria. En cuanto leyó la frase, concibió una esperanza. Creyó que hablando del asunto encontraría la solución; pero, ¿con quién hablar? En Buenos Aires, descubrió entonces, contaba con muchos clientes; no con amigos. Las personas más allegadas eran, quizá, los pensionistas. Aunque le desagradaba hablar con ellos de su mujer, frecuentemente encaró la posibilidad de consultarlos. Galimberti no procuraría entender el problema, sino descubrir ridiculeces y debilidades, para luego, a sus espaldas, burlarse. En cuanto a la pobre Helene Jacoba Krig, ¿cómo tomar de confidente a una persona tan nauseabunda? Además, ¿no la había sorprendido, alguna vez, mirándolo con cierto aire de adivinar su infortunio, de anhelarlo? Pedir consejo a Hertz, que no sabía manejar su propia casa, era absurdo. Más atractiva le resultaba Magdalena. Comentándola con terceros, no vaciló en condenarla como correspondía, pero el fuero íntimo era otra cosa. De todos modos, por lealtad hacia Andrea, resolvió no decirle nada. Finalmente, no le inspiraba confianza Mansilla; la tendencia que empujó a este hombre de la medicina al ocultismo, quién sabe a qué oscuras cavilaciones no lo arrastraría a él.  
Un nuevo incidente ocurrió. 
Pálida y temblorosa, articulando con esfuerzo Andrea le preguntó una tarde, cuando él se iba a sus corretajes: 
-¿Por qué no hablamos? 
-Muy bien. Hablemos -contestó Raúl, e tono sarcástico. Cerró los ojos, para indicar que aguardaba resignadamente las palabras de Andrea. 
Mientras tanto pensaba en la debilidad de su propia posición. ¿Cómo explicar, sin queda como cretino, que todas sus quejas y todas su pruebas eran rigurosamente soñadas? Apenas contuvo un impulso de echarse en brazos de Andrea y pedirle que olvidaran esas locuras; pero siempre había una posibilidad de que lo engañaran; por lejana, por mínima que fuera, debía defenderse. Cuando Andrea habló, ya la odiaba. 
-Si quieres a otra mujer, no me lo ocultes -dijo Andrea. 
Raúl replicó: 
-Cínica. 
Ningún insulto podía ofenderla tanto. Raúl lo sabía; comprendió que había sido demasiado injusto; no tuvo coraje de mirarla en la cara y partió. 
-¿Te vas sin mirarme? -preguntó ella. 
A lo largo de los años, muchas veces, Raúl recordaría ese grito de su mujer, ese pobre grito reconvención y de congoja. 
En la estación encontró a Mansilla. Subieron juntos al tren. Inopinadamente inquirió Raúl: 
-¿Si usted conociera a una persona, y los actos e esa persona le probaran una cosa, y cuando usted soñara, de noche, los sueños le probaran lo contrario...? 
Se contuvo. Creyó que había expuesto demasiado claramente la cuestión suya con Andrea. Mansilla contestó: 
-Le digo la pura verdad: no capto. 
-Si la conducta de esa persona -insistió Raúl- la muestra como amiga y en sueños usted la ve como enemiga, ¿en qué cree? 
-¡En los sueños! -contestó Mansilla, sonriendo. 
Raúl palideció. Después de esa respuesta, se dijo, lo mejor era plantear el asunto francamente. Observando a Mansilla, tratando de adivinar sus pensamientos, explicó todo. Ahora Mansilla no sonreía. 
El tren había llegado. La conversación continuó en la confitería del Retiro. 
-Vamos por partes -dijo Mansilla-. ¿Cómo son los sueños? 
-Son horribles. No me pida que los recuerde. Me engaña con todas las personas de la casa. 
-¿Con todas las personas de la casa? Perfectamente. ¿También con gente de afuera? 
-También con gente de afuera, con desconocidos. 
-Vamos a ver. Le pido que rememore una de esas personas. ¿Lo violenta por demás? Perfectamente. Del atavío, ¿qué me dice? 
-Ahora que pienso, hay algo raro en la manera en que se visten. 
-¿Algo raro? Aclare el concepto. 
-No sé explicarme. Como si fuera gente de otra parte, de otro tiempo. 
-¿Romanos? ¿Mandarines chinos? ¿Caballeros con armadura? 
-No, por favor. Gente vestida como a principios del siglo. También labriegos. Ahora estoy seguro: labriegos con zuecos. Oigo las carcajadas toscas y el golpe de los zuecos en el piso de madera. No le digo el asco que me sube al estómago. 
-¿Dónde ocurre el hecho? 
-En nuestro cuarto. Usted sabe cómo son los sueños: estoy en nuestro cuarto, pero todo es diferente. 
-Vamos por partes. Del moblaje, ¿qué me dice? 
-Déjeme pensar. No he visto esos muebles más que en el sueño; en el sueño, todas las noches. Ni bien veo un aparador, sé lo que va a ocurrir. La pesadilla empieza con el aparador. 
-¿Cómo es? 
-De madera oscura. ¿Usted no recuerda esos cuadritos, de interiores aldeanos, con una mujer junto a una rueca? Nuestro cuarto, en mis pesadillas, podría estar en uno de esos cuadritos. Porque uno se dice: Aquí no puede pasar nada, es más terrible lo que después ocurre. 
-Perfectamente. ¿Alguna otra circunstancia notable? 
-Cuando me asomo por la ventana, casi nunca veo las vías del tren. Más bien hay canales, tierras bajas, inundadas, el mar en el fondo. 
-¿Usted vivió en la costa? 
-¿Qué costa? Soy provinciano. Nunca vi la costa, ni el mar. Vi el Río e la Plata, cuando vine. 
-Le seré franco. Yo no puedo hacer nada por usted y puedo todo. Haga de cuenta que está en un pozo. ¿Quiere salir del pozo? 
-Cómo no voy a querer. 
-Entonces véngase ahora mismo a Turdera. 
Le anticipo que no va a defraudar a Scolamieri. ¿Qué descubro en sus sueños? Yo diría que usted se los robó a otro. ¿Qué mas? Traición: lealtad. Canales: malos amigos. Zuecos: usted es un tanto goloso. Pero yo no soy quién para opinar. 
-¿Y quién es Scolamieri? 
-Un señor, un amigo, que vive en Turdera. Practica el yoga, está capacitado para interpretar los sueños, para enseñarle a respirar, qué sé yo. 
Usted lo consultará. 
-Mire, amigo -contestó Raúl- no se me enoje, pero no estoy en ánimo para viajar a Turdera, ni para franquearme a un yogui, o como se llame el indio.  
Mansilla porfió, Raúl se mantuvo firme, la consulta quedó para otra ocasión. Cuando se despidieron, Raúl comprendió que tampoco estaba en ánimo de corretajes. Tomó un tren de vuelta. Comprendió asimismo que nunca visitaría al yogui, porque ya no necesitaba visitarlo. Hablar lo había cansado mucho -lo había cansado más que andar toda una tarde, colocando pedidos, a pie, por Buenos Aires- pero le hizo bien. El velo se había descorrido. 
Tieso en el asiento del vagón, cansado y feliz, un poco alejado, reflexionaba sobre los peligros que bordeó últimamente; le parecía tener a la vista, como los pedazos de una cáscara rota, la locura que lo había envuelto, de la que por fin salía. Se dijo que la vida le resultaría corta para pedir perdón a Andrea. 
Al bajar en la estación Colegiales, creyó que lo miraban de un modo extraño. Iba a seguir de largo, pero pensó que eso de creer que a uno lo miran de un modo extraño es un síntoma de locura; para aclarar el punto se dirigió al diariero. El hombre lo miró de un modo extraño. 
-¿No sabe, don Gigena? -dijo después de un silencio, levantando la mano-. Cruzó por Jorge Newbery y del paredón cayó a las vías cuando pasó un eléctrico a Retiro. 
Terciaron otros. Hablaban de ambulancias, de comisaría, de dos camilleros, uno medio gangoso y otro que era hijo de una tal doña Ramos, que él por primera vez oía nombrar. Insistían mucho en que uno era el hijo de doña Ramos. 
Entendió que debía ir a la comisaría, pero atraído por una fuerza incontrovertible se dirigió a la casa. Del trayecto no recordaba nada, salvo que al cruzar Federico Lacroze lo insultaron desde un camión. Siguió su camino, hasta que de nuevo le hablaron, ahora suavemente, de cerca. Estaba, no sabía cómo, en el cuarto de la señorita Krig. La señorita, con la boca entreabierta, enseñando un desorden de dientes y de labios mojados, con ojos muy juntos, muy fijos, lo miraba, sonreía, repetía: 
¿Apenado? Ya pasará. 
Él preguntó: 
-¿Usted cómo sabe? 
-¿Cómo no he de saberlo? -replicó la vieja-. Se lo diré, caro amigo, no se altere. Entre nosotros dos no habrá malentendidos. Raúl, yo lo amo. 
Protestó: 
-No es la oportunidad... 
Pensó que debía irse, pero sin saber por qué se quedó. 
-Oh, sí, es la oportunidad -afirmó con dulzura la señorita Krig, y él ya le sintió el aliento-. Quiero que sepa todo, desde el principio, lo mejor y lo peor. Hace mucho que tendí mis redes, que usted cayó. ¿Supone que revolotea por acá, por acullá? Desvaríos. Le juro que está en la red, por así decirlo, a mi disposición, prácticamente. No proteste, no se altere. ¿Sabe algo, mi caro Raúl, de transmisión del pensamiento? Sería enternecedor que se mostraba incrédulo, pero la verdad es que de todas maneras me enternece. Transmitir pensamientos, transmitir sueños, a una perrita, como Josefina, a personas, como usted, como su mujer, todo es uno y lo mismo. Evidentemente, hay sujetos rebeldes, reacios, que acaba por fatigar. Yo sólo pretendía que su mujer nos dejará. De ningún modo. No había poder en el mundo que la apartara de usted. Sin embargo, los dos no formaban lo que yo estimo un matrimonio armónico. Andrea carecía, por ser una lírica, de mis condiciones para congeniar con su espíritu atento a la realidad, al dinero. Pero no malgaste razones en la obstinación. No había poder en el mundo que apartara de usted a esa muchacha terca. En fin, si descartamos lo extremo. Porque estos caracteres, créame, están siempre dispuestos a echar mano del recurso extremo. Opté, pues, por encaminar a Andrea a las vías del tren. Menos mal que en el caro Raúl encontré, en cambio, una materia dócil. Temí que le entraran sospechas, al hallar en sueños los canales de Holanda y los apuestos mocetones de mi juventud; yo quería desecharlos, pero al primer descuido los recuerdos volvían: sin duda son los que dejaron en mi alma la marca más honda. ¿Me guarda rencor por los sueños que le infligí? Ya pasará. Todavía no me quiere. Al principio nadie me quiere. Poco a poco lo conquistaré. ¿Descubrirá algo, no es verdad, Raúl, en su Helene Jacoba?